El lugar tiene un aroma antiguo. Desde la tierra del aparcamiento a los letreros que anuncian los negocios, pasando por los ladrillos de las paredes o las bombonas de butano y los aperos agrícolas que se acumulan cerca de la entrada. De un lado, el bar, con los parroquianos que preguntan dónde sale esto; del otro, la Tiendita, el negocio de Cecilia Domínguez e Isidoro Álvarez. Quizá, alguno de los veteranos de la provincia vea la foto del exterior y piense que el complejo le suena de otra cosa. Si la idea que le viene tiene relación con la fiesta, bingo.
Efectivamente, este lugar fue en su tiempo la discoteca Montoya. «Yo no lo viví, pero debió ser muy importante», señala Cecilia, que apunta hacia algunos de los restos de aquel negocio, cuyos reflejos se perciben todavía en el que hoy sigue vigente. «Allí estaba la barra y arriba era donde se ponía el DJ», apunta la mujer, que recuerda que aquello quedó en el pasado: «Mi marido tiene 52 años y era pequeño entonces», abunda la tendera que ahora regenta este local en El Piñero, al pie de la carretera y en un inmueble contiguo al del bar que reabrió en mayo.

Aquella «discoteca que funcionaba por la zona» quedó luego para salón de baile cuando había festejo en El Piñero y, desde hace 17 años, es el lugar donde la gente del pueblo puede comprar. Lo cuenta Cecilia, que se explica con facilidad, pero que huye de las cámaras. El trato es que ella habla y es su marido, Isidoro, el que se pone para la foto. Con esa premisa, la dueña del negocio apunta que sus suegros fueron también los que montaron el almacén de construcción que ahora gestionan ellos y que acompaña a este establecimiento «con un poco de todo para poder sobrevivir».
En el local, de grandes dimensiones para estar ubicado en un pueblo de 212 habitantes y para llevar como nombre La Tiendita, hay Loterías, estanco, un poco de ferretería o de jardinería, menaje, bebidas y algunas cosas más de primera necesidad. No hay alimentación. «Es lo único que no llevamos», apunta Cecilia, que constata que, en toda la contorna, han ido cerrando las tiendas. Eso convierte a cada negocio en un lugar con poca competencia en el entorno más cercano. Una panadería es la panadería, una carnicería es la carnicería y, en su caso, lo que se encuentra en El Piñero a lo mejor no lo ves hasta Zamora o hasta Fuentesaúco, según la dirección que tomes.

Mientras la conversación se sucede, varias personas entran al local. Unos van a por cervezas; otro para el agua fría que pide el cuerpo cuando el mediodía de julio asoma; también pasa una pareja mayor a ver si le sonríe la fortuna con algún boleto. «Hacemos lo que podemos para dar servicio», subraya Cecilia, que matiza que, con la parte de la empresa de almacén de construcción, sí se hace reparto por los pueblos a la gente mayor. La pareja sabe con qué perfil de cliente trata y actúa en consecuencia.
Seguir moviéndose
Y con esa filosofía pretende continuar. «Si no cambian mucho las cosas, esperamos jubilarnos aquí. Tenemos dos niñas y hay que seguir trabajando», indica Cecilia, que no mira a la siguiente generación para esto. «No me gustaría que ellas lo tuvieran porque es un trabajo muy esclavo. Para irnos de vacaciones, solo hemos empezado a cerrar el año pasado. Y son cuatro días y dando gracias», asevera la responsable de La Tiendita, que recuerda que «esto es la España Vaciada» y que el negocio hay que empujarlo.
En el local, ya no hay discoteca, pero para esta familia la única manera de continuar es seguir moviéndose: «No podemos competir con las grandes superficies, pero si se te olvida algo aquí estamos», remacha Cecilia.
