«Coged, las que queráis. O luego os doy. He plantado 500 y aquí las tengo. Las voy dando». A cualquiera que tenga un abuelo con huerto, la frase le suena. Durante estas semanas de calor las bolsas de la compra llenas de pimientos, cebollas, calabacines y, dentro de unas semanas, tomates, pasan de mano en mano sin mucho miramiento. Es verano, claro, y el huerto, que se planta en San Isidro, ya florece. Y produce, y da de comer. Y sirve para otras muchas cosas, tanto o más importantes. Que se lo digan a Mamerto Rodríguez, que durante este verano disfruta de la compañía de sus nietas, que pasan los días con él en Villardondiego llegadas desde Barcelona, ayudándole con sus quehaceres en la casa y claro, también en el huerto. «Lo que coges, al final ,es lo de menos. Lo mejor es esto», apunta mientras mira a su nieta Aisha rebuscar en las tomateras.
El de nuestro protagonista es un huerto creado hace cinco años, cuando se vino a vivir al alfoz de Toro desde Cataluña, donde pasó sus días desde los ocho años hasta las puertas de los setenta. Pero esa es otra historia, larga, a la que iremos luego. De momento estamos fuera, en la huerta en la que Mamerto ha plantado este año, dice, 500 cebollas que ya ha sacado y que tiene secando en la cochera. A quien pasa, le da, de las blancas, para cocinar, y de las moradas, para las ensaladas. «Cada una para lo suyo». El turno de sacar las patatas ha llegado esta semana que acaba. Eso lo hace él. Aisha, a la que le entusiasma ayudar a su abuelo con la jera, se encarga de los pimientos, que tiene vigilados. También de las berenjenas, a las que les falta un poco, y sobre todo de los tomates, en los que hay muchas esperanzas a pesar de que este año, «por el calor, está todo más pequeño». Mamerto ya piensa en ir regalando, como con las cebollas. Su nieta le frena, le recuerda que cuando llegue agosto la familia entera se juntará en el pueblo (son más de veinte personas) y que a ella también le gustan. «Mucho», añade. «Bueno, tú eres la encargada de los tomates. Mandas tú», reconoce el abuelo.

El huerto, como decíamos, es, digamos, de reciente creación. Al menos en esta nueva etapa. Y es que la vida de Mamerto ha dado más de un giro. Con pocos años sus padres, como tantos otros zamoranos, emigraron y dejaron atrás Villardondiego. El lugar escogido, en esta ocasión, fue Barcelona, donde la familia se estableció, trabajó y prosperó. Ahora, 64 años después de aquel viaje inicial, Mamerto ha encontrado su sitio en el punto de partida. Su madre falleció hace unos años y en la familia se planteó vender la casa. Una casa, dice, «del año 1800 y algo», grande y que, sobre todo, «era la casa de la familia». «Me la quedé yo», apunta el protagonista de la historia, que empezó entonces a reformarla. En las antiguas cuadras ahora hay una cocina, en la planta elevada se están construyendo una salita de juegos para los nietos, tres dormitorios y un baño y abajo la reforma ha conseguido de momento adecentar alcobas, aislar la entrada (la puerta, antigua, era un peligro en invierno por el frío que entra) y mejorar el aspecto general. No será en vano, confía Mamerto, que asegura que ha firmado ante notario un documento mediante el cual los herederos «no pueden vender la casa» en varias generaciones. «Esta casa es de los Rodríguez, así tiene que seguir siendo».

Con los hijos trabajando y viviendo en Barcelona y con los nietos por la zona, no hace falta decir que a Mamerto le tiraba mucho Villardondiego cuando decidió regresar. Aquí, dice, es feliz. Está pendiente de la familia pero, asegura, «estando bien ellos», está bien él, aunque sea lejos. Se ven en momentos puntuales. En Navidad suele ir él a Barcelona, aunque este año pasado fue al revés. En Semana Santa también se juntan, y pasarán unos días, todos, en verano. Las nietas ya esperan a los primos para disfrutar de parte de sus vacaciones en Zamora. Incluso Alberto, un amigo de la familia, acude de vez en cuando a Zamora para «desestresar» de su vida junto a la Sagrada Familia. «Esto», asegura sentado a la mesa grande en la que se juntará la familia en unos días, «es vida».
Mamerto ha vuelto porque, dice, ya lo viajó todo, ya conoció lo que había que conocer. En sus primeros meses de jubilado se echó una mochila al hombro y se fue a Sudamérica a pasar un año. Antes, fue camionero de internacional. Se recorrió Europa de punta a punta muchas veces en viajes de una, dos o tres semanas. «Muchas noches fuera de casa», necesarias para sacar adelante a la familia. Los últimos años, con los hijos ya haciendo su vida, su mujer, Tere, se sacó el carné de camión y, juntos, viajaban y se hacían los relevos para la empresa TNT. Les daba igual donde cayera el fin de semana, se quedaban y conocían una nueva ciudad.
Con todo eso, a los 67, sintió la llamada del pueblo. Y se vino para acá, donde ha hecho de la reforma del hogar familiar su propósito vital. Hay planes para el interior. Para el exterior, donde quiere plantar árboles e instalar una piscina. Y para la zona del huerto, la del principio, en la que se plantea crear un lago artificial que recoja todo el agua de lluvia de la casa para aprovecharla en el riego. En el próximo invierno, dice, quiere plantar árboles que den sombra para poder estar más rato fuera, cuidando las hortalizas y echando el rato con los nietos. «Ahora es que hace mucho calor y no hay sombra. Aquí tienes que salir o a primera hora o ya a las nueve, antes no puedes». Cuando haya sombra, añade Aisha, «se pondrán sillas» y se estará mejor. Y, si viene el año con menos calor, habrá pimientos más grandes y tomates más gordos. Pero seguirán siendo los nietos los que decidan cuando se recojan. Al final, el huerto es eso, repartir. «Si me apuras, lo otro», lo que produce, «es lo de menos».

