Los ladridos de la perra que guarda la casa sirven como timbre en el hogar de la cerámica en Gamones. En este rincón de Sayago se asienta el proyecto de vida y de oficio de Nuria Martín, una mujer más asociada al nombre de su propia marca, Numa, que al del DNI. Ella, la dueña del lugar, acude a recibir a la visita mientras un grupo de personas ataviadas con mandiles se mueve entre el taller y la bucólica zona exterior que rodea a las construcciones. Están los animales educados, las plantas cuidadas, los árboles con su sombra, los bancos coloridos, los ornamentos artesanales, las vallas pintadas o la piedra de los muros. Todo forma un conjunto que anima a idealizar el espacio donde convive una docena de personas entre los días 13 y 18 de julio.
En uno de los bancos azules de la entrada se sienta Numa a contar lo que está ocurriendo en su casa. Junto a ella, el otro anfitrión, Delfín Martín. «Este es nuestro taller de cerámica en Gamones de Sayago. Aquí llevamos diez años organizando estas experiencias con personas que vienen de distintos lugares. Esta semana, tenemos con nosotros a la maestra japonesa Mami Kato, que es una ceramista muy reconocida, con un trabajo contemporáneo exquisito», resume la organizadora. Por aclarar un poco más: aquí se relacionan, cada cual con sus roles, los dueños del lugar, la profesora que viene de fuera y ocho alumnos que han decidido apuntarse a esta aventura en el oeste de Zamora. Son seis días a tiempo completo. Para aprender e inspirarse.

La presencia de Mami Kato en estos encuentros no es nueva, pero es especial cada vez que se da. Numa se esfuerza en destacar el nivel y el estatus de esta mujer que da clases en la Universidad de Tokoname, en su país, y que acaba de llegar de una experiencia en París tras dejar atrás Dinamarca y Estados Unidos. Entre esos viajes por el mundo, cada poco hay un hueco para Sayago. «Siempre repite y siempre quiere venir», subraya la anfitriona, que destaca el amor de la ceramista asiática por el territorio, por la forma de vivir de la gente y por su facilidad para relacionarse con los recursos locales a la hora de crear.
De la mano de esa experiencia sensorial, física y creativa que propone Mami Kato en coordinación con Numa, los alumnos se sumergen en «un trabajo muy intenso» con unas técnicas «muy diferentes» a las comunes y con una organización que se ajusta a lo escaso de los tiempos. Desde enero se da forma a esta convivencia a través del intercambio de correos electrónicos entre la maestra y los anfitriones. Esa hoja de ruta se combina luego con las pinceladas de talento de la docente japonesa, que «suma» al ponerse en contacto con el lugar. «Es una persona que a veces parece distraída y lo que hace en realidad es inspirarse. Siempre esta creando», apostilla Delfín.

De esa lucidez aprenden los alumnos, que vienen de las escuelas de cerámica de Madrid, de Salamanca, de Bilbao o de Valencia. «Trabajamos mañana y tarde, con una disciplina rigurosa para seguir todos los procesos», destaca Numa, que enumera los pasos desde el silencio en la naturaleza para iniciar el proceso hasta la creación final, pasando por el cuidado de la pieza, el secado, el esmaltado y todo lo que tiene que ver con el camino hasta llegar a la forma deseada.
En este punto, Delfin añade que, en ese tránsito, y dentro de la estructura prevista para los seis días de programa, también cabe el descubrimiento del valor de la comarca. Los asistentes conocen parte de la cultura y del patrimonio de Sayago, prueban sus productos, compran en sus tiendas, ven sus atardeceres y se alojan en una casa rural de Gamones. La experiencia penetra en quienes acuden. Dos de ellos ya han visto casas en la zona con la intención de buscar «un pequeño refugio» en estas tierras. También genera esto la propuesta de Numa Cerámica, una iniciativa privada que cuenta con un pequeño apoyo de Caja Rural. La organizadora lo deja claro. Cree que es pertinente que se sepa.
Tras la charla con Numa, el interior del taller se ha llenado de personas trabajando bajo las indicaciones en inglés de Mami Kato. La anfitriona se suma pronto a los consejos. «Venga, toquecito, toquecito, toquecito…», le sugiere a una de las alumnas. Más allá de esas pautas, la sala se sumerge en el silencio. «¿Cómo limpiamos, Mami?», pregunta una alumna. «Con un mandil», responde Numa por ella. Todo se va construyendo a través de la pauta de dos mujeres unidas por la pasión y el oficio que tienen en común.

Un ratito después, también Mami Kato da su testimonio. La mujer cuenta que, efectivamente, su vida es la de una artista de la cerámica que también enseña en dos escuelas allá en Japón. Aquí, en Sayago, se pega a «la naturaleza, a las casas hechas con piedras, a la historia y a la gente». «Siempre que vuelvo encuentro algo nuevo y fascinante», revela la maestra asiática. Generalmente, el retorno llega una vez cada dos años. Esta es la cuarta oportunidad. «Es un lugar donde me relajo, me centro en lo que hago, en el aire, en las estrellas y en el gran cielo. Todo es inspirador y refrescante», repasa la artesana.
En cuanto a la técnica, a lo que se aplica, Mami Kato explica que la idea de esta semana era centrarse en la vasija, en lo que «representa el origen de la cerámica en la historia de la humanidad». «Empleamos una técnica en la que excavamos la tierra y es el propio hueco resultante lo que actúa como vasija. Introducimos arcilla a presión y, más tarde, la extraemos mediante un proceso similar al de una excavación arqueológica. Nos centramos en el interior porque la parte exterior permanece oculta bajo tierra. Creo que, a menudo, nos preocupamos demasiado por la apariencia externa cuando, en realidad, el interior es lo más importante. Sucede lo mismo con las personas. En este caso, la esencia de una vasija reside en su capacidad para contener o acoger cosas. Y en eso quise centrarme», narra la maestra.
En las piezas de Mami Kato, y en las que crean también los alumnos, se pueden percibir imperfecciones, agujeros o formas menos limpias. «Lo que le sugiero a la gente es que observe y sienta lo que realmente es cada pieza. Una vasija también la puedes ver como una escultura y, si tiene un hueco abierto, eso puede ser la ventana que conecta el interior con la pared exterior. Al aplicar la arcilla, yo veo el hueco, pero no lo cierro porque sucedió así y me gusta aceptarlo y disfrutarlo», argumenta la japonesa.

La experiencia de Elena
Esa admisión de lo diferente forma parte de las enseñanzas que está recibiendo Elena Moreno, una de las alumnas implicadas en la experiencia. Esta mujer estudia ahora en la Escuela Francisco de Alcántara de Madrid con la mirada puesta en los recubrimientos cerámicos. De casualidad, se enteró del curso, empezó a investigar y se animó a venir sola, estimulada también por la fuerza de atracción de la cultura japonesa. «Quería hacer algo distinto a lo que estoy acostumbrada», aclara la participante, que en su día a día trabaja como ingeniera, más pegada a la precisión que al libre albedrío creativo.
En la cerámica, logra evadirse un poco, «hacer las cosas desde un lugar menos racional, menos medido, no tan ajustado al milímetro». «Aquí conectas contigo, con lo que realmente eres», defiende Elena, feliz de haber podido contactar con la naturaleza de Sayago y, al mismo tiempo, con el entorno y la técnica. «Cuando aceptas que todo fluya, salga lo que salga, no hay juicio y no hay error», constata la alumna.
Antes de despedir a los periodistas, Mami Kato desembala algunas de las piezas que ha traído como muestra. Directamente de sus exposiciones en las capitales del mundo y rumbo a Sayago. En la naturaleza cobran más sentido. Luego, la maestra, Numa, Delfín y los alumnos se juntan para una foto. Por allí se dejan caer también el gato y la perra que al principio sirvió de timbre y que ahora dice adiós en silencio. Se queda con el arte y con el espacio bucólico de esta casa de la cerámica.
