
Ahora que terminó ese espectáculo de ficción llamado campeonato del mundo, donde las naciones son representadas por jugadores de fútbol que demuestran que la destreza en manejar una pelota es capaz de conducir a la exaltación patriótica sin límites, podemos volver la mirada hacia el presente de lo real y asumir con auténtica tristeza que todo sigue igual (de mal).
Tal vez los optimistas prefieran seguir viviendo en la fantasía de un mundo que en el intermedio de su «final» monta un número llamado «love» donde la «o» es el propio planeta, creyendo que semejante fantasía es capaz de acallar sus conciencias o que simplemente les protege de cualquier mal augurio, pero lo cierto es que también ellos, y no solo los pesimistas, tendrán que enfrentarse muy pronto a los acontecimientos que, por desgracia, avanzan sin remedio.
Ya no hay negacionismo que pueda ocultar la crisis climática en la que vivimos. Por más que Hermano Capital se empeñe en cifrar los mensajes de alarma, lo cierto es que basta un termómetro de mercurio para demostrar lo que hace décadas se daba como un punto de no retorno al que —eso se creía— era muy difícil llegar —pero hemos llegado—.
Así que ya estamos ahí, en ese lugar donde el ser humano nada puede hacer por vencer al destino (o a la naturaleza), después de décadas de consumismo inconsciente y consciente cobardía, y esto también tiene relación con las brutales guerras que han llegado y llegarán. Pareciera que el mundo corre hacia el precipicio en busca de un refugio sin saber que el refugio que se necesita no es supermercado.
Hay quien todavía dirá con atrevido desparpajo que son «ciclos», y hay quien dirá que en realidad que suba la temperatura global no es un problema, que el problema es que los montes no están limpios. Y lo peor es que algo de razón tienen unos y otros, si bien se equivocan en la magnitud: el tiempo necesario para restaurar el ciclo de la actual sexta extinción es de, al menos, cientos de miles de años; y en lo relativo a los montes, estoy completamente seguro de que los canadienses que en estos días están sufriendo los mayores incendios de su historia están arrepintiéndose de permitir que se ensuciaran de negro sus paisajes.
La ignorancia, con frecuencia, no tiene límites, y merced a esta ignorancia, las bolsas siguen ancladas en su euforia económica —aunque tal y como va todo yo no apostaría un euro ni aunque me lo recomendara Xi Jinping, el único influencer de las altas esferas que parece tener la cabeza fría—.
Es también la ignorancia lo que empuja a los seres humanos a creer que fuerzas superiores vigilan y controlan nuestra suerte, llámense estas fuerzas con nombres divinos o con nombres de empresas tecnológicas.
No, ni las eólicas ni las fotovoltaicas han llegado para salvarnos del consumo del petróleo. Este cuento ya solo se lo creen quienes venden sus tierras, o las tierras de sus vecinos, por 1.500 euros por hectárea. Como tampoco en su día lo hicieron los pantanos ni lo hará el biogás ni el hidrógeno. La física, cierto, puede encontrar soluciones a muchos problemas cotidianos pero hay algo que no vamos a poder detener: el tiempo. Y puesto que el tiempo no podemos pararlo, lo mejor sería parar nosotros. De lo contrario, seremos víctimas de nuestro monumental egoísmo.
Las macrorrenovables, de hecho, han llegado para que sigamos consumiendo fósiles, y si no que le pregunten a los dueños de Meta, Microsoft y Amazon —por ejemplo— que para hacer frente a la enorme demanda energética de la Inteligencia Artificial, están instalando o conectando sus centros de datos directamente a plantas de gas natural. Pero eso sí, a ti te dirán que todo lo que consumes en tu factura es energía verde, como afirma esa afamada empresa con coto de caza privado en terreno expropiado para construir un embalse de cuyo nombre no me acuerdo.
Las macrorrenovables han llegado para que tú creas que lo que consumes es sostenible cuando, en realidad, lo que estás haciendo es validar un modelo de consumo indestructible —hasta que todo quede destruido—. Y esto me trae a la mente el elitismo de los productos «ecológicos» que, envueltos en plástico, inundan unas cuantas estanterías de los grandes centros comerciales: su triunfo consiste en conducir a la mayoría de los consumidores hacia lo democráticamente asequible —aunque de barato no tenga nada—.
No, no se trata de prohibir los fertilizantes —que también consumen petróleo— sino de crear la falsa ilusión de que lo «ecológico» es posible —aunque sea un lujo solo al alcance de los ricos— y que, por lo tanto, nada tenemos que hacer, y mucho menos prohibir lo que podría matarnos (el glifosato) o lo que está matando a otras especies (casi todo).
A veces pienso, de hecho, que las macrorrenovables han llegado para que el ecologismo subvencionado pueda seguir existiendo y, de esta forma, anular cualquier reacción auténtica a favor de parar en seco.
Porque lo que habría que hacer, al menos hasta que una tecnología más avanzada que la nuestra venga a salvarnos, es justo eso: parar, dejar de consumir la droga llamada petróleo. Y empezar a pensar cómo podemos producir en cercanía lo mínimo y necesario para seguir viviendo —aunque esto signifique, tal vez, renunciar a la fantástica IA—.
Y habría que hacerlo en bloque, habría que tomar esa decisión de manera conjunta, bajo la supervisión de un organismo internacional en una especie de campeonato mundial de la dignidad, la verdad y la valentía (queda excluida la FIFA, por supuesto).
O eso, o admitir que el infierno de este verano será un paraíso climático comparado con lo que nos aguarda a partir de ahora. Noticia de última hora: la temperatura superficial del océano Atlántico se está disparado de manera exponencial a medida que el Ártico se derrite. Enciendan la TV para verlo.
