Once menos cuarto de la noche del jueves 16 de julio, Manzanal del Barco. La terraza del bar del pueblo tiene varias mesas llenas y de ahí provienen las risas y las voces que se escuchan desde las calles que conducen a la plaza. Hay ambiente de verano, cervezas y pantalones cortos, y el vientecillo amable que acaricia la localidad de la Tierra de Alba contribuye definitivamente a relajar los ánimos. Más abajo, en las rampas que conducen a la iglesia, los niños y los adolescentes corretean en un escondite que se desarrolla en la penumbra, pero siempre dentro del ambiente confiable de un lugar donde todos se conocen. En esas, dos chicas que apuran la infancia se ocultan al tiempo que piden que no se desvele su posición. Que las encuentre quien corresponda, si puede.
No muy lejos de allí, tras remontar en altura en la dirección contraria al bar, se empieza a escuchar el rumor de una tertulia. Solo hay que seguir el rastro de las voces para toparse con la escena. Y allí están, al doblar la esquina: son cuatro mujeres y tres hombres que forman una circunferencia de sillas y charlan a la puerta de una casa. Si alguien le pide a la IA que le monte una escena de gente que ha salido al fresco en un pueblo de Zamora, la tecnología de turno tendría que hilar muy fino para plasmar el concepto tan bien como estos manzanalinos. Su costumbre es una de las fotografías clásicas del verano en la provincia.

En la tertulia, como decimos, participan siete vecinos. Eran más antaño, hasta treinta según sus protagonistas, «pero entre los que están en la residencia y los que se han muerto» el grupo ha ido reduciéndose. Aún así, los que todavía pueden, acuden a la cita. Por deferencia, la charla se monta a la puerta de la mujer más veterana, que es, además, la que vive de continuo en Manzanal. «92 años tengo y 92 llevo aquí», presume María Argüello, que ocupa el centro de la conversación física y figuradamente. Los vecinos de su alrededor vienen en el verano porque en el invierno viven lejos, allá donde se buscaron las habichuelas: algunos, en el extranjero un tiempo y luego en las grandes urbes nacionales; otros, directamente en Madrid o Barcelona.
Por ahí va la conversación, por el pueblo que quedó como sitio de recreo porque de trabajar no había. O costaba demasiado. «En el tiempo frío, hay días que salgo y no veo a nadie», asegura María. Nada que ver con lo de antaño. Dos de las mujeres que la acompañan, Juana Baz y Mercedes Llamero, que eran pequeñas en los años 50, recuerdan el colegio con medio centenar de niños y otras tantas niñas. A partir de su generación, eso quedó como un recuerdo que contar. En 1950, Manzanal tenía 631 habitantes; en 1960, 558; en 1970, 435; en 1980, 296. Ahora quedan 120 censados, pero los vecinos dicen que de continuo ya hay menos de cien.

Los hombres que salen al fresco en esta esquina constatan lo dicho. El más veterano, Jesús Fidalgo, fue de los que marchó a Madrid. A su lado, Manuel Pérez probó fortuna fuera y acabó en Barcelona. Los dos recuerdan las faenas de los tiempos de antaño y la necesidad de irse lejos cuando la juventud les quemaba en las manos. También hablan de la belleza del pueblo, de las familias, de los lugares que frecuentaban por la contorna, de los cambios de costumbres o de las noticias que dan esperanza a lugares como este: un bar abierto, una alcaldesa joven, la tienda que funciona a un puñado de kilómetros o la vinculación que tantos como ellos conservan.
Hasta septiembre
A eso de las once, el vientecillo empieza a refrescar el rostro y hace abandonar a dos de los tertulianos. Quedan los cinco mencionados. «Ves que todavía tengo para dejarles las sillas», advierte María, enérgica a pesar de los años. «Menos a Mercedes», bromea el grupo al señalar que la aludida se apoya en su propio andador. Cada día, la rutina se repite desde las nueve y media, cuando todavía se resiste el sol, hasta casi la medianoche, si el frío no baja demasiado en Manzanal del Barco, pueblo de embalse y de puentes. Ahora también «de mucho más monte» porque el término se pisa menos, según Manuel.
Hasta mediados de septiembre lo verá en directo. Hasta entonces durará esta tertulia, que se disolverá con el otoño a las puertas y con la esperanza de que los mismos estén para la siguiente temporada. Salir al fresco es una forma de socializar, de disfrutar juntos de los ratos de temperaturas suaves que permite el verano, de recordar tiempos pasados, de reír con sorna y también de cuidarse unos a otros como parte de un mismo equipo. Cuando la visita ya dobla la esquina para marcharse, se escucha todavía a una de las mujeres: «Dale el mandil a Jesús, que se tape».

