Una etapa que comenzó en 2005 está a punto de cerrarse. Santiago Pérez Pordomingo, el hombre que abrió la farmacia de Carbellino hace ahora 21 años, dice que lo deja, que es la hora del retiro. «Estoy muy cansado», admite el profesional, que se animó con la puesta en marcha de este negocio para él y un servicio para el pueblo sin saber lo que se encontraría al otro lado del mostrador. «Eso fue empezar de cero», admite el protagonista, en un viaje ya nostálgico, como todos los que se emprenden rumbo a los recuerdos de un tiempo que termina. Pero antes de despedirse de este rincón de Sayago, el farmacéutico quiere encontrar un relevo.
El propio Pérez Pordomingo lo cuenta desde la farmacia que regenta en un local municipal situado en la Plaza Mayor de Carbellino. El local protege a su inquilino de los rigores de una tarde tórrida en Sayago y es, desde hace algo más de veinte años, el establecimiento al que acuden los vecinos cuando toca actualizar el pastillero o comprar algún medicamento de forma sobrevenida. «Cuando empecé, fui dando palos de ciego, aprendiendo sobre la marcha. El Ayuntamiento se portó muy bien porque la renta es muy pequeña; es otra cosa buena de esta farmacia, que apenas tiene gastos», apunta al profesional, que asegura que el negocio sigue «funcionando muy bien». Pero le toca a otro.

«Los 21 años pesan», admite Pérez Pordomingo, que también dispone de un botiquín en Salce y se encarga de abastecer a la residencia de Roelos. Con esas jeras está desde que empezó a hacer la ruta Zamora – Sayago a diario. «El viaje lo llevo bien. No está tan lejos como parece. En poco más de media hora te plantas en Zamora y, en 50 minutos, en Salamanca», asevera el profesional, que cuenta, en el propio local, con un espacio de vivienda que aprovecha durante las guardias o en momentos puntuales.
El farmacéutico afirma que ha disfrutado el camino, pero ahora el paso es otro. «Quiero hacer viajes más largos, apuntarme al Club de los 60, esas cosas», desliza Pérez Pordomingo, que hace mes y medio decidió anunciar que traspasaba el negocio. Los vecinos se enteraron y llegaron los lamentos. «Me decían: ay, que nos dejas, cómo te vamos a extrañar. Y yo les respondía que también a ellos, pero que eran muchos años. Al final, la gente lo entiende», explica el farmacéutico, que ve, como principal inconveniente del puesto la frecuencia de las guardias en la zona: una cada siete días. Por lo demás, esta es «una farmacia normal».
La cercanía
Si cabe, mejor desde la óptica de la cercanía, abunda Pérez Pordomingo, que subraya que el tú a tú con la gente en pueblos como Carbellino dista mucho del que se palpa en las ciudades. Eso conduce también a implicarse un poco más, a ir de vez en cuando a dejar medicamentos en casa del vecino que no se puede desplazar y a ejercer, al fin y al cabo, con el tacto que demanda un lugar demográficamente envejecido y necesitado de unos servicios adaptados a su propia realidad.
Eso es lo que le espera al que venga, si es que viene alguien. «Puse un anuncio en la facultad de Farmacia y llamó un chico interesándose, pero de momento nadie más», admite el farmacéutico, que concede que la posibilidad de un cierre después de su jubilación le hace sentirse «compungido». «El traspaso no me parece una tarea imposible», zanja Pérez Pordomingo, dispuesto, de momento, «a aguantar unos meses» mientras llega la llamada que abra las puertas a la segunda etapa de la farmacia de Carbellino.
