
En el corazón de El viaje de Chihiro, su protagonista se aleja del santuario de los baños, en el que reinan la codicia, el clasismo y la xenofobia, todo ello empujado por el consumismo. Lo hace subida a un tren que viaja por un mundo inundado. La escena pone a la chica rodeada por sombras de individuos transparentes que parecen dirigirse al trabajo o simplemente transportarse. Reflejada frente al cristal, ella misma, sola en el mundo, se detiene y recapitula todo lo que le ha pasado en su corta vida. La música y los dibujos del Studio Ghibli se funden en una escena bellísima que ha marcado a generaciones enteras de gentes de todas partes y todas las edades.
Soy el nieto de un ferroviario que aún hoy se detiene para mirar el espectáculo de un tren pasando por Valorio. Uso el tren de alta velocidad mucho más de lo que me gustaría y por eso estoy convencido de que hay líneas férreas que se parecen a aquella de Chihiro en su viaje mágico e introspectivo.
Del este al oeste zamorano, una vía comunica escasos lugares con contados habitantes. Su trazado no es rápido, pero sí se adapta al paisaje. Sus paradas ya no son motivo de discusión porque a pocos les importa y simplemente se suceden. Vistos desde lejos, algunos de sus tramos son maquetas de Ibertren (aquel juguete maravilloso que pertenecía mucho más a los padres que a sus hijos) que se descubren como uno de los últimos ejemplos de un mundo lento y pausado.
El péndulo que parte vespertino y torna matinal entre Zamora y Puebla de Sanabria es una delicia para todo aquel que busca un poco de paz y frenada en una vida que va muy rápida. Nada más salir de la estación de Zamora, en torno a las 19:30, el tren atraviesa la ciudad y permite observar, en los terraplenes de Valorio, los colores amarillos, rojos y morados de la cuenca del Duero. Por encima se suceden los infinitos campos de secano de La Hiniesta, que poco a poco dan paso a los valles encajados de los alrededores del río Esla. Pasados poco más de 15 minutos desde su salida, se llega al primer gran espectáculo de la línea: el viaducto de Martín Gil, por el que sobrevuela el embalse de Ricobayo y se observa cómo las rocas de la Culebra, oscuras y retorcidas, son ocultadas bajo las aguas del pantano. A partir de aquí, el trayecto atraviesa la Siberia zamorana: decenas de kilómetros en los que los pueblos solamente se intuyen y los únicos rastros humanos que se ven son esos tan ecológicos molinos eólicos y campos solares: destructores del encanto del vacío del que a algunos zamoranos nos gustaría seguir presumiendo.
No obstante, uno es capaz de olvidarse de los eólicos y solares tras pasar Carbajales de Alba. A partir de ese punto, se hacen evidentes las consecuencias del incendio de la Culebra. Mucho se ha hablado ya de las consecuencias ecológicas. Sin embargo, a nivel de paisaje y geología, el incendio significa algo positivo. Se ha revelado de manera mucho más salvaje el relieve apalachiense que presenta esta zona de Zamora y que es visible desde un punto de vista poco frecuente en este trayecto de tren. Los crestones de cuarcita se suceden en las cimas cada vez más altas, desnudas y escarpadas. Ferreruela de Tábara, Abejera, Sarracín de Aliste, Cabañas de Aliste… Tramos con el encanto del vacío que van dando paso a un trazado más curvilíneo, más frondoso, más geológico y, sobre todo, más pausado.No hay otro medio de transporte que permita bordear Peña Mira, cima de la Culebra, y maravillar a cualquier pasajero con su imponente cresta en forma de roca plegada, para inmediatamente después llegar a Linarejos por la línea de cumbres sobre el valle del Tera. Solamente hay un camino: la línea férrea.
Tanto es el frenazo al que invita que, en ocasiones, la locomotora reduce su velocidad en mitad de la nada para dejar pasar a ciervos o corzos despistados que pasean por mitad de la vía. Algunos pasajeros frecuentes dicen haber visto lobos desde el tren, y, llegando a Linarejos, el último puente, digno de un expreso con Harry, Hermione y Ron atravesando Escocia de camino a Hogwarts, permite disfrutar, desde su amplia curva, de unas vistas de Sanabria menos conocidas y del todo espectaculares.
Una pequeña abertura en las ventanillas deja entrar esa mezcla de brezo, jara y pino, acompañada de los bocinazos del maquinista, que va avisando de su entrada en la estación de Puebla con la luz del atardecer tras el viejo edificio de la estación. El maquinista hace sonar la bocina y los pasajeros ven unos culillos blancos destrepando la ladera mientras atardece o amanece en su llegada a Puebla de Sanabria. Leyendo la estupenda documentación de la Asociación Ferroviaria Zamorana, se puede comprobar que la vía continúa trepando el Padornelo hasta Ourense, pero ese es otro capítulo.
Hay un tren que no es rápido, que no va en línea recta y que no llega a Madrid. Un tren que desde una periferia española y hacia el noroeste serpentea con parsimonia y recuerda que la pausa, la observación y el sosiego vienen de contemplar y reflejar con mucha calma nuestro paisaje, igual que Chihiro en el pequeño tren que se reflejaba en su enorme lago interior.
