Isaías, Nicanor y Vivillo buscan la sombra en una pequeña parcela ubicada dentro del pueblo de Lober, un anejo de Gallegos del Río, en pleno Aliste. Camino al terreno, delimitado por uno de los clásicos muros de piedra del oeste zamorano, saluda una señora desde el huerto. Y se ve a un par de familias de paseo. Y, como es domingo, todavía vuelve alguno de escuchar la Palabra, el sucedáneo de la misa cuando el cura tiene otras labores. Se nota vida, al fin y al cabo. Es la estampa del verano en un lugar que ha mermado a la mitad desde que empezó el siglo. De 74 que eran a 36 que son en el censo. Pero, con los calores, las casas reabren. Lo de siempre en la provincia, acentuado en esta comarca.
Pero volvamos a la parcela donde pacen nuestros tres personajes. Isaías, Nicanor y Vivillo tienen gran parte del terreno limpio. Es parte de su tarea como burros. El primero, blanquecino, es un asno común, sin vitola; los otros dos, de la raza zamorano-leonesa. Y lo que les hace progresivamente más especiales es precisamente lo que antaño formaba parte de su día a día como animales por estas tierras: todavía sirven para el trabajo. No solo para comer las parcelas. No para dar paseos. Su función principal aún es abrir surcos con el arado.

La historia la cuenta la familia que mantiene a los burros: dos hombres y una mujer. Ella, Paulina Teso, es la que habla, aunque su hermano Domingo es quien se encarga del día a día de los animales. Al lado, el hijo de Paulina, Rafael Domínguez, echa una mano cuando toca. Todavía no son el último reducto del trabajo con estos animales, pero empiezan a convertirse en una excepción. Nadie más lo hace en Lober y, en muchos otros pueblos, se trata de una práctica sepultada ya en el olvido.
Aquí, una de las claves de la supervivencia de la labor con los animales es que las fincas son pequeñas y los trabajos se ejecutan en terrenos reducidos. «Son zonas donde sembramos cuatro patatas», aclara Paulina, que apunta que también enganchan el carro a los burros «cuando hace falta ir a buscar leña». «¿Para qué queremos otra cosa?», plantea la alistana, que asegura que su familia ha tenido asnos «toda la vida». De hecho, antiguamente eran «uno o dos» y recientemente han tenido hasta cuatro. Ahora quedan tres.
Entre ellos, Nicanor y Vivillo, los de la raza zamorano-leonesa, lucen imponentes, más esbeltos. Le viene mal la comparación a Isaías, menos monumental, más peludo y más viejo, camino ya de la treintena. Todos sirven, en cualquier caso, para lo mismo. «Le enganchas el arado o le enganchas el carro y ya está», resuelve Paulina. Para lo primero, generalmente, se usa un apero de pequeño tamaño, manejable para el animal, con el fin de abrir pequeños surcos en la tierra. Hay modelo para un burro o para dos.

La familia lo usa para sus parcelas, pero también para las de algunos vecinos que lo demandan. «Antes, todo el mundo tenía un burro», recuerda Paulina, que conserva en la memoria los viajes «a buscar las nabizas, el verde para los animales». O cuando se iba a por patatas a los lomos del asno. En estos no se puede, «no están enseñados» para llevar humanos encima. Tampoco para mantenerse quietos donde están. Por eso, han de quedar bien amarrados en la parcela que les toca. «Son machos. Si no, se marchan y no los vuelves a pillar», constata la mujer.
«A nosotros nos hacen bien la faena», añade Paulina por zanjar el asunto. A ellos y a otros propietarios de Lober. El terreno donde tiene lugar la charla no es de la familia. Se lo prestó otra gente. Cuando entraron los burros, «la hierba estaba así», indica Domingo, situando el listón de la mano a la altura de su cintura. Entre Isaías, Nicanor y Vivillo han despachado el asunto. Eso lo hacen sin esfuerzo.
