La plaza de España de San Miguel de la Ribera era otra antaño, mediado el siglo XX y un poco más allá. El emplazamiento no ha cambiado, pero la imagen del lugar tenía poco que ver con la actual. Para empezar, el suelo era de tierra, lejos de la dureza y el utilitarismo de ahora. De hecho, en los días de fiesta, allí se montaba la plaza de toros, con los carros o los remolques como recursos para cerrar el ruedo. Además, en un radio de unas decenas de metros, había farmacia. Y tienda. Y panadería. Y zapatería. Y carnicería. Y el telégrafo. Y otra tienda. Y un cine. Todo fue desapareciendo. O cambiando.
Pero espere un segundo. En esa plaza también había un bar. Y aquí no hace falta seguir conjugando en pasado. Sigue habiendo un bar. Estaba allí a mediados del siglo XX, un poco más allá y también unos años antes. Desde 1936. Fue entonces cuando una mujer llamada Anarbella Tomás y su marido Cipriano de Ocampo abrieron esta taberna en el centro del pueblo. Y ahí continúa. Desde hace más de cuarenta años – salvo algunos paréntesis – bajo el control de Juan Carlos Tomás, el sobrino de la primera dueña, y su mujer, Victoria Rodríguez.

Lo que han cambiado San Miguel de la Ribera, Zamora, España y el mundo desde que abrió el Gato Negro no se puede contar en un reportaje como este. No cabe. Sí encaja, en cambio, la historia de un negocio que este sábado celebra sus 90 años de vida con una cata de vinos en el local. Ese es el pretexto para hablar de un establecimiento «llevado familiarmente y con mucho cariño» desde sus orígenes. Con Anarbella y Cipriano primero; con la implicación de Ambrosio – el padre de Juan Carlos – más tarde y con la resistencia de los responsables actuales hasta el año en curso.
Por cuestiones de familiaridad, edad y memoria es Juan Carlos el que empieza a narrar. No en vano, su vida empezó aquí, en la casa ubicada encima del bar. Ahí se crió y ahí estuvo siempre. «Esto abrió en la Guerra», arranca el vecino de San Miguel de la Ribera, que tira de la memoria transmitida por «gente que ya no existe». Las historias de los primeros años son todas herencia de aquellos, pues quien las cuenta en 2026 no nació hasta que el bar rozaba ya los veinte años de vida.

De los primeros tiempos ha llegado vivo el relato de las partidas de gilé que se jugaban de forma clandestina en el bar. La confianza entre los parroquianos y Anarbella era tal por aquel entonces que les dejaba las llaves para que cerraran cuando quisieran. Así, con ese vínculo tan familiar con los clientes, empezó un negocio que Juan Carlos conoció a finales de los 50. El hombre, de 71 años, hace memoria para hablar de las habitaciones superiores con plano de barro y de un detalle no menor: el nombre del local.
Este bar se llamó Gato Negro por la amistad de la familia que lo regentó siempre con los comerciantes de Zamora que después abrieron Sederías Sevillano en la calle de Santa Clara. Al parecer, aquellos negociantes del textil compraban a un proveedor de Barcelona cuya tienda se llamaba precisamente así: El Gato Negro. O quizá era el nombre del alojamiento en el que pernoctaban en aquellos viajes a Cataluña. Juan Carlos no lo sabe con precisión. El caso es que a su tía le hizo gracia, le gustó o lo que fuera y adoptó el nombre. Así se quedó y así sigue tantos años después.
En general, casi todo sigue parecido a como se montó en cuanto a la estructura. Lógicamente, luego ha habido reformas y algunos cambios que los más veteranos de San Miguel de la Ribera podrán constatar, como el de la ubicación de la barra, que le restó un poco de espacio a la sala donde se ubican las mesas. Poco importa en un bar con la amplitud suficiente como para dar cabida a su clientela habitual. También se han añadido fotos del pueblo por las paredes, ha ido mudando el mobiliario y se ha ido adaptando el día a día del bar a lo que iban pidiendo los tiempos. Es la única manera de sobrevivir.

Para seguir adelante, también hacían falta generaciones posteriores a la de la fundación para tomar las riendas. Y eso hizo Juan Carlos en los primeros 80. Lo que ocurre es que el hombre también tenía faena en la agricultura, así que el mando pasó pronto a su mujer, Victoria, que ha sido la dueña de todo esto salvo en algunos pequeños periodos en los que la familia alquiló el bar. Esas fases parecían el fin del vínculo entre la estirpe y la hostelería, pero los Tomás Rodríguez siempre han acabado volviendo.
«Desde aquí nos hemos tenido que hacer cargo de todo», señala Victoria, que habla del vínculo creado con la gente, de todos los mayores a los que echa en falta y de la felicidad tras la barra. Pero también de las penurias, de lo que se ha perdido con sus tres hijos, ya crecidos, y de los sacrificios de la hostelería en los tiempos de la diversión para el resto. «Acuérdate de que en los bares se podía fumar, y yo aquí embarazada, trabajando con toda la faena y con el humo», pone como ejemplo la hostelera, que también ha sido testigo del bajón de una localidad que solo hace treinta años tenía casi el doble de los 240 habitantes censados hoy.

Tanto Victoria como Juan Carlos recuerdan las quintadas, los martes de Carnaval, las Navidades a tope o los Primeros de Mayo. Hay cierta nostalgia en sus palabras. La vida y el negocio han cambiado mucho. También se percibe el cansancio. Juan Carlos ya hace tiempo que está oficialmente jubilado; Victoria espera seguir pronto el mismo camino. Ahí sí que sí, el futuro del Gato Negro dejará de estar en manos de la familia. Ninguno de sus tres hijos tiene intención de continuar. «Es normal, son muchas horas aquí», constata la dueña actual.
«Esto me ha gustado muchísimo, pero ahora estoy cansada. Hemos hecho lo que hemos podido», remacha Victoria. Cuando acaba, el bar empieza a llenarse. Comienza el turno de los cafés. Mientras arranca la jera, Juan Carlos sale a la puerta verde de la entrada, bajo el cartel, y bromea un poco con uno de los clientes de la terraza. Alrededor no hay tierra, ni plaza de toros, ni farmacia, ni panadería, ni carnicería, ni cine. Pero queda el Gato Negro, como siempre.

