El taller de Arte Feudo, en pleno barrio de La Horta, está extrañamente lleno a las once de la mañana de un viernes de julio. El lugar donde habitualmente trabaja solo Miguel-Elisardo Bueno es, en ese instante, un espacio con aforo completo. La escena dibuja a un hombre que da explicaciones ante varios trajes y bajo la mirada de un corro de gente que atiende alrededor. Basta con acercarse un poco para ver de qué va el asunto. La indumentaria que tiene ante sí el orador, de nombre Ángel Haro, es la propia del Tafarrón y la Madama, los personajes clásicos de la mascarada de Pozuelo de Tábara. Pero recuerden que es julio. Casi es imposible estar más lejos de la Navidad y del día de San Esteban.
Por tanto, tranquilidad. Nadie se va a enfundar los trajes en este momento. Casi sería una temeridad para con la salud propia. Lo que hace Ángel Haro en este lugar con los trajes de la mascarada de su pueblo es dar explicaciones del atuendo a los asistentes a la visita internacional vinculada al proyecto europeo MASKS – Unveiling the Arts and Works Behind the Masks, una iniciativa Erasmus+ centrada en la cultura de la máscara, los oficios artesanos y el patrimonio ritual europeo.

La actividad forma parte de la residencia internacional que la Federación de Organizaciones Artesanas de Castilla y León (Foacal) desarrolla del 6 al 10 de julio en el Centro Regional de Artesanía de Castilla y León, en Valladolid, y que reúne estos días a estudiantes, artesanos, profesorado y personal técnico de España, Portugal, Italia y Rumanía. En ese marco, seis alumnos de la Universidad de Bucarest, cuatro artesanos portugueses del Centro de Formação Profissional para o Artesanato e Património, tres artesanos de Foacal y cuatro alumnos de la Universidad de Valladolid, más algunos profesores, se han desplazado a Zamora para acudir al hogar de Arte Feudo y al Museo Etnográfico. Se trata de ver, escuchar y entender.
Mientras Ángel Haro sigue hablando, a la espera de que Celedonio Pérez le tome el relevo con el Zangarrón de Sanzoles, el anfitrión explica que, durante la semana anterior, él mismo se desplazó a Rumanía para entender las máscaras desde varias perspectivas. En su caso, la mirada es la del artesano y escultor con interés en estos rituales ancestrales, pero hay gente de distintos perfiles. Por ejemplo, los que han venido a Zamora desde Bucarest son alumnos de Máster o de Grado de Antropología.
«Somos un grupo heterogéneo», admite Bueno, que en su estancia en Rumanía pudo conocer la tradición de los Cucos en Brănești. «Las mascaradas que se hacen allí perfectamente se podrían celebrar en un pueblo de Zamora; es muy difícil encontrar una diferencia», explica el responsable del proyecto Arte Feudo, que percibe «la misma pasión» y un espíritu de la máscara similar, más allá de las indumentarias. Los bailes y el folklore en general también exhiben un importante parecido.

Mientras las explicaciones siguen en el interior, una profesora de la delegación rumana, Adelina Dogaru, profundiza en esas similitudes que tienen que ver con las costumbres, con el calendario, con «unos personajes muy parecidos» y también con problemas comunes relacionados con la despoblación, el envejecimiento o la falta de recursos. «Allí, en muchos sitios, son rituales que no se pueden hacer como antes», admite la docente, que aclara que, al igual que aquí la Raya con Portugal tiene un gran número de tradiciones de esta índole, existe una región en Rumanía que brilla por encima del resto. Se trata de Moldavia – no confundir con la República limítrofe -, una zona ubicada al noreste del país. En sus localidades «se organizan muchísimas mascaradas, todas invernales».
Para la delegación rumana, el hecho de compartir esos lazos culturales con España, Portugal y otros países resulta «muy importante», particularmente para alumnos como los de Dogaru, que se forman en Antropología y que «ven mucha teoría». En talleres como el de Arte Feudo pueden tocar las máscaras, percibir de cerca lo que representan e incluso saber cómo se elaboran sus indumentarias. Unos trajes que, por cierto, no son baratos. Lo que en su día costaba 30.000 pesetas (180 euros), ahora se va de 800 euros para arriba, como constata Ángel Haro. Quien puede los paga, porque cuesta mucho ponerle precio al sentimiento de pertenencia que genera encarnar al personaje de todos en Pozuelo. Como en Sanzoles. Como en Riofrío. Como en Brănești.
