Antes de llegar al campo de fútbol de Vigo de Sanabria, situado en un paraje conocido como Los Adiles, ya se empieza a escuchar el rumor de la música. No es algo estridente ni viene de la megafonía instalada para un evento deportivo. No. El sonido del jazz en directo sale de las manos de los artistas que abren, el sábado 4 de julio, un evento llamado Festival del Llagu. El lugar al que hace referencia el nombre, el Lago, no está a la vista, pero se puede alcanzar a pie desde la sede de este ramillete de conciertos con una historia detrás: la del fuego de 2025.
Efectivamente, la de este fin de semana que acaba de concluir tendría que haber sido la segunda edición del festival. La primera estaba prevista para los días 23 y 24 de agosto del año pasado, pero el pueblo de Vigo de Sanabria estuvo desalojado del 18 al 22 por las llamas de un incendio que puso especialmente en jaque a esta localidad. No era el momento. Había que esperar a otro verano. Y el verano siguiente ha llegado ya a una comarca reverdecida. Por eso suena el jazz antes de llegar al campo de fútbol.
Allí lo inicia todo un artista llamado Pablo González Casals, en un espacio dulcificado por los toldos y las sombras que ofrecen los árboles en los laterales. Hay público en el suelo, en las sillas situadas bajo el techo improvisado, al pie de la barra que permite la pausa de hidratación en Los Adiles o en torno a los stands donde se venden pinturas, dibujos, chapas y otras creaciones artesanales. Al fondo, también tiene su público un puesto de la comisión de fiestas del pueblo.
Y es que, aquí, la idea es integrar. Por eso, también el público es variopinto. Están los que han venido de fuera: a ver a los artistas o a organizar todo lo que tiene que ver con un festival de dos días, dos espacios en el pueblo y varios conciertos. Pero también quienes viven en Vigo o pasan el verano en la localidad y quieren asomarse a este espacio cultural creado pretendidamente en un Parque Natural. Sin agobios y sin estridencias.
Ese tono para todos los públicos del evento abre la puerta también a las familias, a los niños y niñas que corretean por un espacio amplio mientras cada adulto se divierte a su manera. Y solo es la primera mañana. Queda mucho más. Luego, a las seis, la atención se desplaza a las escuelas del pueblo, con los relatos populares de Madarsu. Más tarde, a las ocho, el foco retorna a Los Adiles, con Wamla, antes de que el cierre sabatino vuelva a ser en las viejas dependencias educativas con una jam session.
«Propuestas para todos»
Ya el domingo, Radizz abre un nuevo día. Y ahí es cuando se recogen los testimonios que vienen a continuación. El primero, el del organizador, un hombre llamado Pablo Estébanez, conocido por hacer su propia música en grupos como Vandalia Trío o Mōrago, y promotor aquí de un evento con «propuestas artísticas para todos». Eso era lo que buscaba la organización.
«La idea era generar eso con las personas que viven aquí, con las que vienen y con los propios músicos», defiende Estébanez, que tras ver el primer día ya entiende que el público de las dos partes ha respondido. Habrá que darle una vuelta a algunos asuntos para la próxima edición, reflexiona el propio responsable del festival, que apunta a la modificación de algunos horarios y a otros detalles, pero que ve plausible la continuidad.

También los vecinos salen con una buena impresión. Los que han acudido, pues «hay mucha gente mayor en el pueblo que a esto ya no viene», según constata Ana Zurrón, una de las mujeres de todo el año en Vigo de Sanabria. «Seria genial que lo repitieran», insiste la asistente, que constata junto a su paisana Celia Vega que hay otro puñado de gente que no ha podido acudir por motivos laborales. Aquí, la faena de la hostelería es común y un fin de semana de verano carece de escapatoria.
Pero, con todo, el balance es bueno. Incluso, aunque haya algún despistado que llegue preguntando si eso que se está celebrando es una romería. No exactamente, pero sí una fiesta popular con el jazz como hilo conductor. Ya al mediodía, la integración entre el festival y el pueblo toma forma en el bar L’Escuela antes de una comida popular y del cierre vespertino con una exposición y con el último de los conciertos. Diez meses y medio después, Vigo de Sanabria recuperó uno de esos momentos perdidos por culpa del fuego. Quizá, haya ganado un festival para los próximos años.








