Alargan los días y en las calles hay más ruido. Las ventanas que durante todo el año están cerradas ahora están abiertas, las persianas bajadas ahora están subidas, detrás de las puertas que siempre están trancadas ahora se oye ruido. Allí vive alguien. Llega el verano y desde este fin de semana, el primero de julio, Zamora empieza a experimentar un incremento de población que llegará a su cenit el 15 de agosto, cuando la provincia estalle en fiestas. Pero la vida ya renace en los pueblos.
Lo primero, los datos. Los vecinos estacionales que han comenzado ya a llegar hacen que las cifras de población se multipliquen en muchos pueblos. En algunos hasta cotas elevadas y en la mayoría, al menos, por dos. En la mayoría de las ocasiones se trata de los emigrados «hijos del pueblo», personas que vienen con las familias a pasar, al menos, la semana de las fiestas y a apurar algo más el descanso estival el que puede. También hay turistas, aunque menos. Las caras que desde ahora y hasta septiembre llenarán las calles de los pueblos son conocidas, las del «hijo de» y la «nieta de», que regresan, el primero más viejo, la segunda más alta.
Los Indicadores de Infraestructura y Equipamientos Locales (EIEL) del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática miden el número de veces que se multiplica la población de una localidad en términos estacionales. En el conjunto de los pueblos de la provincia la población se multiplica estas semanas por 2,84. Esto es, Zamora pasa de sus cifras habituales de población, que rondan las 165.000 personas, a andar cerca del medio millón. Una realidad que deja más ajetreo en los pueblos, claro, pero que también afecta a unos servicios públicos que están pensados para un número bastante inferior de personas, aunque ese sea otro tema. Hay pueblos que directamente parecen otros. El caso más evidente es el del municipio de Justel, que tiene 78 habitantes censados y que podría alcanzar los 829 tras multiplicar por 10,6 su censo habitual. A continuación aparecen San Justo (8,89 veces más), Peque (8,06), Villanueva de las Peras (7,59), Requejo (7,35), Rosinos de la Requejada (7,18), Palacios de Sanabria (6,99), Porto (6,54), Galende (6,5), Bustillo del Oro (6,25), Molezuelas de la Carballeda (6) o Prado (5,66). En todos se nota ya el trajín.
El regreso de la familia de Eduardo
Pasa en todas las comarcas. También en La Guareña, donde varios pueblos celebran sus fiestas en estas primeras semanas de julio y donde la cabecera de comarca, Fuentesaúco, da la bienvenida, según las estimaciones que antes se citaban, a más de mil vecinos que elevan la población oficial a más de 2.500 personas durante estos días. Aquí, en Fuentesaúco, los días de más ajetreo en las calles no son los centrales de agosto, son estos primeros de julio, fechas en las que los tradicionales espantes llaman a los hijos del pueblo. Pocos se resisten a venir a las calles de su niñez, a compartir los días con los amigos de toda la vida.
Sabe bien lo que es esta llamada del pueblo Eduardo Pulgar, uno de esos vecinos de Fuentesaúco hijos de vecinos del pueblo que tuvieron que ir a ganarse la vida a Madrid. La historia que tantas veces se ha contado, contada por otra familia. Pero Eduardo, y con él su familia, ha sido capaz de mantener vivos los lazos con el pueblo. Las visitas siempre fueron frecuentes y antes de la pandemia dio ya el paso y se hizo, con su pareja, una casa en la localidad. Ahí pasa grandes temporadas, todas las que puede, entre ellas el verano. «Esto», dice desde el jardín de su casa mientras atiende a este periódico, «es vida». Son las seis y diez de un día laborable. Eduardo ha terminado de trabajar apenas diez minutos antes de la conversación (organiza eventos y puede desempeñar sus funciones a través del teletrabajo) y ya está a la sombra de un árbol, charlando. «Imagina en Madrid. Si sales de la oficina, tardas una hora en llegar a casa. Y si teletrabajas, estás en el piso sin salir. Esto es otra cosa. Por eso vengo siempre que puedo», dice.

La de Eduardo Pulgar es la historia del arraigo. Siempre vino al pueblo, primero con su abuela y sus padres y, en cuanto pudo, él solo. Siempre ha preferido las vacaciones en La Guareña a los hoteles de la costa, las noches con los amigos y los primos a los viajes exóticos. Y eso que, asegura, hasta que se hizo la casa siempre se sintió como «el forastero de Madrid» que venía a pasar temporadas al pueblo. «Cuando hicimos casa, todo cambió. Pasamos ya a ser como uno más del pueblo, todo se ve de otra forma, y nosotros también nos empezamos a sentir más implicados» en el día a día de la localidad. Ahora, desde Madrid, Eduardo sigue la actualidad de Fuentesaúco, se alegra cuando abre un comercio y se lamenta cuando fallece un vecino. «Aunque esté allí, me siento más unido a mi pueblo que a Madrid».
«Aunque viva en Madrid, me siento más unido al pueblo que a la ciudad»
Eduardo Pulgar
Gracias a este afán por regresar, Pulgar ha conseguido implicar a su familia en la vida de la localidad. Él ya nació en Madrid, así que sus dos hijas son ya la segunda generación que se cría fuera el pueblo. Aún así, asegura, les gusta venir. Las dos tienen novio, y los dos chavales tienen relación con La Guareña. Una, la mayor, ha acabado la carrera de Enfermería y declinó una oferta de trabajo en Madrid para aceptar otra en el Hospital Virgen de la Concha, donde trabajará este verano, yendo y viniendo cada día desde su casa en Fuentesaúco. «Ahora ya son mayores y tienen carné, e incluso hay fines de semana que nos piden las llaves del pueblo para venirse ellas aquí sin nosotros», sus padres. Tienen peña en las fiestas, amigos en el pueblo y una buena vida social. «Están aquí con su gente, sus amigos y en su ambiente», resume Eduardo, feliz de esta integración familiar que alcanza su punto más álgido en los meses de verano, cuando la familia pasa más tiempo de continuo en Fuentesaúco.
No es este, evidentemente, el caso único del pueblo. Muchos vecinos de este y otros pueblos, de esta y otras comarcas, emigraron hace décadas a buscarse el pan. Muchos han conservado los lazos con el pueblo que les vio nacer, lazos que van siendo más débiles conforme avanzan las generaciones salvo raros casos como este. A todos, a los más arraigados y a los menos, a los nietos que vienen con los padres y a los que directamente pasan el verano con los abuelos, les recibe Zamora con los brazos abiertos. Desde ahora hasta septiembre, habrá ruido en las calles, bicicletas tiradas en las calles y risas en las terrazas hasta bien entrada la noche. Llegó el verano.
Con este reportaje inauguramos «Al pueblo cuando calienta», una serie en la que durante las próximas semanas retrataremos la vida en las comarcas zamoranas durante los meses del estío. Son meses en los que aumenta la población, la vida y en los que se realizan actividades que son casi impensables durante el invierno. Algunas de ellas formarán parte de esta serie, que continuará la semana que viene.
