Villadepera se despierta demandando rebequita en un día de verano que calienta poco. Se agradece. A las afueras del pueblo, al pie de la piscina pública con fama en la zona, trabaja ya de mañana un hombre llamado Antonio Iglesias. Durante estos meses del calor, él es quien ejerce como técnico de turismo en la oficina habilitada por el Ayuntamiento. La cita es allí, en ese flanco de una localidad que asoma como la primera de Sayago cuando uno cruza el Puente de Requejo desde Aliste. Es decir, en el primer lugar habitado tras el abismo del río.

Antonio ha elegido el punto de encuentro habitual. Es en ese lugar donde queda habitualmente con los visitantes para luego marchar con ellos bajo tierra. No se asuste. Todo tiene una explicación. Pero antes falta el viaje en coche. Esta vez, solo en el del guía. Normalmente, la escena se desarrolla con su todoterreno abriendo paso y con el resto siguiéndole durante diez minutos por un camino sinuoso. pero practicable por el entorno de Villadepera. En poco rato queda claro que la contemplación de la naturaleza entra en el catálogo de privilegios que acumula la zona.
Pero sigamos hasta que el coche se detiene. Lo hace en un paraje apartado, con una pequeña construcción arriba y una entrada situada un nivel por debajo. En el inmueble superior apenas hay que meterse para coger los cascos de protección; abajo se ubica el acceso a la Mina del Carrascal, un lugar rehabilitado y visitable que, en su tiempo, fue un punto de búsqueda de casiterita, el mineral del que se extrae el estaño. Los romanos abrieron el agujero hace dos mil años; después vinieron otros pueblos a insistir en la faena. Las gentes de hoy pueden bucear aquí en el oficio de aquellos.

Antonio cruza la puerta por delante e ilumina una estancia lúgubre y fría. ¿Recuerda lo de la rebequita en el exterior? Pues aquí mejor un jersey. «Estamos en un lugar cuyo origen es de la época romana», recuerda el guía, que aclara que la zona visitable de la mina engloba 200 metros de pasadizos y túneles bajo tierra. Pero El Carrascal oculta en sus entrañas kilómetros de caminos taponados o simplemente sin rehabilitar o apuntalar. Lo que se adaptó hace algunos años sirve para hacerse una idea global.
Primero, de lo que fue la fase romana; después, de la explotación que se hizo entre los siglos XVI y XVII; más tarde, de la última fase de finales de los setenta y principios de los ochenta, la que aún recuerdan los veteranos de Villadepera. «Esta es una zona de prospección minera», recuerda Antonio, que alude a la cercanía de Pin a un lado y de Villardiegua al otro. En esos términos se llegó, incluso, a trabajar en la extracción de un metal precioso como el oro.

Pero centrémonos en el Carrascal, una mina que acoge en su interior riqueza suficiente como para mirar exclusivamente hacia ella. Tras los pasos de Antonio, con el barro instalado en el camino, el visitante se va topando con las particularidades de la mina. Ahí aparecen las marcas de las herramientas antiguas, de la era romana, o los vestigios que permiten entender cómo fueron abriendo hueco aquellos trabajadores de otra época, carentes de las tecnologías del siglo XX. Lo hicieron – suena lógico – con más estrecheces. Lo justo para pasar y funcionar con comodidad.
Antonio, el guía, lo va contando todo con el bagaje del conocimiento adquirido y con el apoyo de los paneles que van apareciendo en los laterales para ordenar la visita y para aportar datos extra. El técnico señala el sistema de sujeción y anclaje para evitar derrumbes o desprendimientos, los puntos ampliados y la fauna que va apareciendo en algunos rincones. Por ahí va un tritón; al fondo vuela un murciélago; cuidado con el sapo; en esa pared se aposenta una babosa de considerable tamaño. Hay una visita paralela solo para observar criaturas.
Pero el foco regresa pronto a las paredes. Antonio menciona el encuadre geológico y abunda en la formación de las rocas, que data de hace aproximadamente 485 millones de años. Difícil de abarcar. El guía repasa también los materiales que aparecen en cada rincón, se detiene en los filones de cuarzo y cuenta algunos detalles acerca de la rentabilidad que pudieron buscar las personas de antaño en la explotación de este lugar.
Antonio enumera igualmente las fracturas de la roca, los movimientos, las raíces de los árboles de arriba que asoman abajo o los túneles tapados que aparecen en algunos laterales. También los restos de una vía que se instaló en la última etapa para que viajara la vagoneta. O los pliegues en las piedras. O el pozo de ventilación ubicado al fondo de una mina que se dejó de explotar porque ya no daba lo suficiente.

«Esto es un laberinto», constata Antonio, que admite que sería fácil manejarse en él para quien tuviera el plano en la cabeza, pero que concede que el número de recovecos del lugar resultaría complejo para un ajeno. «Casi habría que ir con un mapa», abunda. Aquí, la gente tiene la posibilidad de moverse con él para conocer por dentro cómo es un lugar que va más allá de la descripción somera de un artículo periodístico y que muestra las prácticas de antaño de la forma más fidedigna posible.
Los interesados en explorar la mina pueden contactar con el Ayuntamiento a través del 669 46 13 84 para concertar la cita. La visitas siempre son guiadas, con un máximo de diez personas por grupo y con una entrada que cuesta dos euros por persona; 1,50 para los menores de doce. «Normalmente, la gente no se espera ver lo que ve. Hay que tener en cuenta que tú te internas dentro de la roca y cuesta dimensionar el tamaño de esto», destaca Antonio, que suele ocupar hora y media entre el desplazamiento de ida y vuelta y el viaje por este laberinto. Los romanos lo dejaron hecho; otros pueblos buscaron su rentabilidad; ahora queda como un recurso para conocer un poco de lo que hay bajo el suelo de Sayago.


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