La mañana del día de San Juan viene animada por Escober de Tábara. Hay gente en la calle. Se entiende que para aprovechar el tiempo antes de que la vida abrase. Aún aprieta la primera gran ola de calor de un verano recién nacido. En una punta de la plaza, tres personas departen en una tertulia; de frente, un vecino ataviado con un mono sale de su garaje con una carretilla; y, ya casi en la salida hacia la carretera de Tábara, otro grupete variopinto echa el rato a la sombra.
En ese último rincón aparecen una mujer mayor de pelo cano, un hombre más joven con el reconocible traje fosforito del currante y un par de jubilados que charlan aposentados sobre el segundo de los dos escalones que dan acceso a la vivienda que tienen detrás. A su izquierda, queda un edificio solo, como aislado en medio de la calle y con un grafiti que decora toda la fachada que ven por completo estos vecinos desde su posición. La escena representa la faena agrícola antigua, con un hombre que guía a la pareja de animales y el carro aparcado en un lateral. Se intuye que el paraje corresponde a Escober.

Pero, más allá del arte sobre la fachada, el caso es que el edificio es el bar. O era el bar. O va a volver a ser el bar. Solo cinco días antes de esta visita a Escober, el Ayuntamiento de Ferreruela había publicado en el Boletín Oficial de la Provincia la oferta del arrendamiento del local municipal para destinarlo al uso hostelero. Da la sensación de que el pueblo se asoma al final de un periodo de nueve meses sin más sitio donde reunirse que la calle donde está la gente descrita.
Los vecinos hablan, pero no dicen su nombre. Ni por el favor. Uno de ellos lleva la voz cantante: «Dicen que va a venir alguien a abrirlo, pero no sabemos si es verdad o mentira», se arranca el hombre. Lo que es constatable es que los hosteleros anteriores estuvieron «hasta después de la fiesta» del año 25. Es decir, hasta finales de agosto o primeros de septiembre. A partir de ahí, el cerrojo. De ordinario, cuentan los dos de Escober, el local abría por las tardes y estiraba la jornada hasta las once o las once y media «si había fútbol». Hacía el servicio.
En realidad, como en otros tantos lugares, era la manera de verse para los 70 que viven por aquí de continuo, aunque el censo diga 83 en invierno. «Y en verano parecido. Viene quien tiene un cacho huerto y puede ser que en la última semana del mes de agosto haya más, pero poca cosa», insiste el vecino antes de que un hombre – que se identifica como su hermano – aparque el coche justo al pie de la fachada del local en cuestión. Los dos hablan entonces de la agricultura que queda, de las vacas de la raya de Sesnández y las pocas más, o del comercio ambulante que les viene de Andavías, igual que el pan de Moveros.
También esperan que, si el bar abre, alguien ponga ventiladores. Todo el mundo está alterado por el tema meteorológico estos días. «En este tiempo calienta hasta la custodia», clama el primero de los hermanos antes de insistir en que no da el nombre a desconocidos. «Podéis parecer buenos, pero hay mucho granuja por ahí», advierte. Y, antes de despedirse, lanza una recomendación. «Id a preguntar en el Ayuntamiento de Ferreruela».
Tal cosa es la que procede. Y hay buenas nuevas que contar. El alcalde, Ángel Román, confirma unos días después que, efectivamente, todo apunta a que el bar de Escober «se va a abrir otra vez». El municipio pone a disposición el local «gratis totalmente» y el acuerdo parece encarrilado. «Lo importante es que lo coja cuanto antes», apunta el regidor en referencia al interesado. Así, la tertulia podrá pasar de la escalera de una casa a la barra, como manda la costumbre.
