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¿Qué les ocurre a los animales durante un eclipse solar?

Lo que observamos durante un eclipse no son animales con relojes biológicos desajustados, sino respuestas fisiológicas inmediatas para afrontar un cambio ambiental excepcional

por T. C. 29/06/2026
T. C. 29/06/2026
Un eclipse solar. Foto Emilio Fraile
Un eclipse solar. Foto Emilio Fraile
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“Las aves caían del cielo y dejaban de cantar”, reza la primera observación registrada de un animal respondiendo a un eclipse solar, que data de mediados del siglo XVI.

Observaciones más recientes realizadas en zoológicos y en entornos naturales describen cambios de comportamiento en distintos grupos de animales, desde invertebrados hasta primates. Sin embargo, el análisis científico de los posibles efectos de un eclipse solar en los seres vivos es una tarea muy compleja que requiere la utilización de avances tecnológicos más allá de las meras observaciones.

¿Qué les pasará a los animales el 12 de agosto de 2026, cuando durante unos minutos en pleno día, la oscuridad repentina alterará de forma breve pero intensa el paisaje, la temperatura, el viento o la humedad relativa?

Los relojes biológicos: cómo la luz organiza la vida

Todos los organismos estudiados hasta la fecha, desde algas unicelulares hasta mamíferos, muestran ritmos en su comportamiento y fisiología sincronizados con los ciclos geofísicos ambientales. El más importante es el ciclo diario de luz y oscuridad que regula procesos tan diversos como los ciclos de sueño y vigilia, la actividad locomotora, la alimentación, la temperatura corporal o la secreción hormonal.

Muchos de estos ritmos no son simples respuestas pasivas a los cambios del ambiente. Los organismos poseemos mecanismos internos capaces de medir el paso del tiempo, conocidos como relojes biológicos o circadianos, que forman el conocido sistema circadiano.

Su función principal es permitir la anticipación de los cambios cíclicos del entorno, de modo que la fisiología y el comportamiento puedan ajustarse antes de que dichos cambios ocurran. Esta capacidad de organizar temporalmente la actividad del organismo supone una importante ventaja adaptativa, ya que optimiza procesos como la búsqueda de alimento, el descanso, la reproducción o la evitación de depredadores.

El término circadiano procede del latín circa diem (“alrededor de un día”), ya que estos ritmos presentan periodos cercanos a las 24 horas. Durante décadas, se desconocía cómo funcionaban estos relojes, pero el descubrimiento de los primeros “genes reloj” –instrucciones genéticas que regulan estos ritmos– hace unos 40 años reveló su base molecular. La característica más sorprendente de estos osciladores es que pueden seguir funcionando incluso en ausencia de señales externas, lo que nos permite mantener una referencia temporal interna.

No obstante, los relojes circadianos no funcionan de forma aislada. Para mantenerse ajustados al tiempo real necesitan sincronizarse continuamente con el entorno. La principal señal para esta puesta en hora es la luz del amanecer, que modifica la actividad de los genes reloj y reajusta cada día los osciladores internos para que permanezcan sincronizados con el ciclo diario de luz y oscuridad. La noche, sin embargo, es menos relevante para esa “puesta en hora”.

Por ello, en el eclipse que observaremos en la península ibérica, al ser próximo al anochecer natural, la señal será menos discordante para el sistema circadiano que si ocurriera en pleno mediodía. Así, se espera que sus efectos sobre la organización temporal interna sean aún menores.

De nadar menos a volver a la colmena

Aunque la duración de un eclipse solar es demasiado breve para alterar los relojes biológicos y, además, probablemente, la mayoría de los animales experimentarán este fenómeno solo una vez en su vida, estudios publicados en las últimas décadas en grupos muy diversos de animales muestran que un eclipse solar total puede desencadenar en ellos respuestas inmediatas.

En los ecosistemas acuáticos, numerosos organismos utilizan la luz para regular su posición en la columna de agua. De forma particular, los microorganismos que constituyen el zooplancton realizan migraciones verticales diarias, para optimizar su alimentación y reducir el riesgo de depredación. Durante algunos eclipses, se han observado ascensos temporales de ciertos microrganismos marinos pelágicos –en aguas abiertas, sin contacto directo con el fondo marino–, aumentos de la bioluminiscencia, reducción del movimiento natatorio de ciertos peces, menos movilidad en la columna de agua e, incluso, cambios de la coloración de su superficie corporal.

Los insectos terrestres también muestran respuestas rápidas a la desaparición de la luz. En general, los diurnos, como las mariposas o las hormigas, suelen reducir su actividad, descienden al suelo o buscan refugio. Por el contrario, algunas especies nocturnas pueden comenzar a activarse: grillos que emiten sonidos característicos de la noche, polillas que emergen de sus escondites diurnos, escarabajos peloteros que detienen su actividad y se entierran o luciérnagas que emiten destellos de luz e inician sus rituales de apareamiento.

Las abejas son un grupo especialmente interesante, dada la relevancia que tiene la luz solar en su ciclo diario vital. Durante la oscuridad total de un eclipse, se han registrado caídas drásticas de su actividad recolectora de néctar, regresando a la colmena como si el día hubiese acabado. De forma muy interesante, los vuelos de las abejas obreras durante las fases parciales del eclipse duraron más tiempo que los habituales con luz solar, demostrando una extraordinaria plasticidad de comportamiento para ajustar su actividad de vuelo a los cambios en la intensidad de luz durante el eclipse.

La influencia en el vuelo y el canto de las aves

Por su parte, algunas aves reducen su actividad de vuelo durante el tiempo de oscuridad total de un eclipse, con una rápida recuperación cuando reaparece la luz solar.

Incluso, ciertas especies disminuyen o interrumpen el canto diurno, cesan la actividad de alimentación y, en algunos casos, regresan temporalmente a los lugares donde normalmente descansan por la noche. Además, estas reacciones son más pronunciadas si el eclipse ocurre durante su estación reproductora.

Se ha descrito que, una vez finalizado el eclipse, gorriones, mirlos, estorninos y otras aves urbanas vuelven a cantar como si estuviera amaneciendo de nuevo. No obstante, estas respuestas difieren mucho entre individuos de una misma especie (algunos aumentan sus patrones de vocalizaciones durante el eclipse) y entre especies distintas (algunas parecen ignorar el fenómeno, especialmente, si la oscuridad no alcanza niveles comparables a los del crepúsculo habitual).

Teniendo en cuenta que el máximo de oscurecimiento durante un eclipse apenas dura unos minutos y que el resto del tiempo la intensidad lumínica es similar a la que las aves podrían experimentar durante un día nublado, no debe sorprendernos esta falta de consistencia en la respuesta de las aves al evento. En este sentido, sabemos que en el control de sus vocalizaciones intervienen reguladores endógenos (niveles hormonales) y una amplia variedad de factores ambientales además de la intensidad lumínica, sin contar las interacciones con otras aves o animales (incluyendo los seres humanos). Por todo ello, no podemos determinar si es la ausencia de luz la que determina las respuestas observadas o una combinación de los distintos factores que intervienen.

De la indiferencia de tu perro a la ansiedad de algún primate

En el caso de los mamíferos, los estudios realizados describen respuestas muy variables y de difícil generalización.

Algunos mamíferos nocturnos, como los murciélagos, abandonan sus refugios durante eclipses totales y vuelven rápidamente a sus comportamientos habituales al regresar la luz solar.

También sabemos que los animales de granja (ganado vacuno y ovino) interrumpen el pastoreo y se desplazan hacia sus establos, interpretando el eclipse como una transición hacia la noche. Las mascotas (perros y gatos) suelen mostrar indiferencia general (están muy adaptados a la luz artificial humana), aunque algunos parecen percibir la alteración ambiental y permanecen atentos a los cambios de comportamiento de las personas que los rodean.

Las observaciones realizadas en zoológicos describen diversos cambios comportamentales en los primates: algunas especies parecen iniciar conductas asociadas al anochecer, aunque mayoritariamente responden con signos de ansiedad generalizada (agrupamiento defensivo, vocalizaciones de alerta), como si estuvieran ante una situación estresante. Posiblemente, esta respuesta de ansiedad durante el eclipse no sea atribuible al propio eclipse, sino a la reacción de los humanos que les contemplan durante el mismo.

Sin desajuste de relojes biológicos

Los eclipses son acontecimientos impredecibles y demasiado raros para haber favorecido mecanismos de adaptación en los animales. Si fuese ventajoso responder a los cambios instantáneos asociados a ese fenómeno, todos los individuos de una especie mostrarían la misma respuesta adaptativa, pero no es así.

Lo que observamos durante un eclipse no son animales con relojes biológicos desajustados, sino respuestas fisiológicas inmediatas para afrontar un cambio ambiental excepcional. En cronobiología, este fenómeno se conoce como masking: la luz o la oscuridad modifican directamente el comportamiento sin alterar necesariamente los relojes internos, que continúan marcando la hora correcta.

En cierto modo, un eclipse solar representa un experimento natural extraordinario, una breve “confusión” que, sin cambiar las reglas biológicas que gobiernan el comportamiento animal, nos permite observar los engranajes del tiempo biológico en funcionamiento de una forma tan espectacular como poco frecuente.


Esther Isorna Alonso. Profesora de Fisiología Animal, Universidad Complutense de Madrid

María Jesús Delgado Saavedra. Catedrática de Fisiología Animal, Universidad Complutense de Madrid

    T. C.

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