Los tópicos no eran para Herminio Ramos. El maestro sayagués demostró que uno puede ser profeta en su tierra y recibir los homenajes en vida, aunque conviene admitir que a esto último ayudó la longevidad de quien estira su presencia en el mundo hasta más allá del umbral del centenario. En 1925, el 4 de noviembre y en el pueblo de La Tuda, hay que buscar el nacimiento del profesor que se marchó casi 101 años después, en la víspera de San Pedro de 2026. Con la cerámica instalada en Viriato. Allí la puso y allí la dejó.
La feria forma parte del legado de Herminio Ramos, pero cuesta hacer la semblanza completa de un hombre que tuvo que ser, a la fuerza, el protagonista de muchas vidas. ¿Quién puede hablar de su infancia en los tiempos de la República? ¿O de su adolescencia en la Guerra? Y seguir aquí para disertar con propiedad sobre todo lo demás. El profesor atravesó tres cuartas partes del siglo XX y un cuarto largo del XXI hasta llegar al cierre. En ese periodo se circunscribe su provechoso camino.
Herminio Ramos fue enseñante, estudioso, político, dinamizador, escritor y sabio. También un hombre afable, al menos en los tiempos que uno puede contar. Y un articulista preciso. Lo demostró durante años en La Opinión-El Correo de Zamora, a cuya redacción acudía con relativa frecuencia. Incluso, cuando su propio cuerpo le penalizaba. Casi sin vista era capaz de subir las escaleras hacia el periódico sin confusiones. Y de colar en la papelera, como si fuera un tiro libre, el palito que usaba para remover el café de la máquina. Preciso.
Lo tiene que ser a la fuerza un hombre tan documentado sobre Zamora. A eso dedicó gran parte de su vida y por eso se le reconoció cuando empezaron los retiros: el laboral, el periodístico y el investigador. Incluso, un grupo de amigos y admiradores decidió promover la instalación de una estatua de bronce en uno de los lugares por donde siempre paseó el maestro, allá en San Ildefonso. Resultaba curioso contemplar al hombre de carne y hueso al lado de la escultura metálica. ¿Es él? Sí, es él.
La pieza se inauguró en octubre de 2009, cuando Herminio rondaba los 84 y aún le quedaban, inopinadamente, casi 17. En su discurso, la alcaldesa de entonces, Rosa Valdeón, remarcó el carácter popular del homenaje y subrayó dos de las cualidades del hombre al que el Ayuntamiento había nombrado cronista oficial de la ciudad el 24 de junio de 2002: «zamorano y afable». También «riguroso» y conocedor profundo de lo acontecido en una tierra de la que nunca se despegó, aunque en la juventud marchara a Guadalajara para iniciar la carrera docente.
«El hombre que hoy homenajeamos ha llenado la vida social y cultural de esta ciudad», aseguró también ese día Valdeón, que le auguró al hombre «muchas horas de camino por llenar» allá por la Rúa. Felizmente, así fue.
El final
Ya en el tiempo del final, su presencia pública se redujo. Las cosas de la salud. Aún así, en 2024, al borde de los 99 y en un día como este mismo de San Pedro, todavía acudió a su Feria de la Cerámica. Allí pudo hablar con mujeres como Marisol Garrote, la nieta de Escolástica Ramos, una de las alfareras que abrió el camino. «Sin él, esto no existiría», afirmó aquel día la sayaguesa de Pereruela.
La gente lo tenía claro. Quizá, por eso, a Herminio no le hizo falta irse para recibir los reconocimientos. Siempre hubo consenso en el aprecio. Nadie dudó de que lo adecuado era hacérselo saber antes de la última hora.

