La presencia de unos personajes hechos a mano llama la atención en el puesto de Alfarería Hernández. Las piezas muestran a pequeños individuos caracterizados con sus correspondientes trajes típicos. Los hay de Sayago, de La Carballeda, de Aliste, de Benavente, de Toro, de Tábara… Todos con los matices de su indumentaria. Cabría esperar que un zamorano anduviera detrás de tales creaciones, pero no: las manos que poseen el copyright son las de Juan Pablo, un salmantino de Cespedosa de Tormes que se cuenta entre esos veteranos que acuden a la Feria de la Cerámica de San Pedro «casi desde el principio».
El suyo es uno de los talleres tradicionales con más de un siglo de vida a sus espaldas. Sus antepasados ya trabajaban el barro y sus abuelos y sus padres continuaron con el legado. Por eso, de niño, Juan Pablo ya venía a Zamora con ellos. «El nuestro es un pueblo alfarero de siempre. Toda la vida nos hemos dedicado a hacer piezas utilitarias de uso doméstico, como los botijos. Pero eso prácticamente desapareció con la llegada de las neveras y, desde entonces, hacemos también otras cosas», advierte el artesano salmantino.

Y eso incluye las piezas decorativas que exhibe el puesto en plena plaza de Viriato. «De esto hemos estado viviendo cuatro matrimonios», recalca Juan Pablo, como dando a entender la necesidad de hacer un poco de todo y de diversificar. A la tarea ha ayudado que algunos de sus familiares han estudiado carreras como Bellas Artes – útil por razones obvias – o Química, que ayuda a la hora de saber cómo usar los esmaltes para las piezas. En el caso de los muñecos decorativos caracterizados con trajes regionales, la presencia de varios de Zamora responde precisamente a la consciencia de que a esta feria siempre se viene y siempre se vende.
«Te pones al torno y haces la pieza», resume Juan Pablo el proceso, antes de aclarar que el cambio de modelo en el negocio para abrirse a hacer de todo un poco llegó ya en los ochenta. Aún así, Alfarería Hernández sigue despachando botijos y otras piezas como la vajilla de cerámica blanca con el filo azul, «que es típica de Salamanca capital». «Todo es a mano, eh, no hay una taza igual que la otra», recalca el artesano. Lo mismo con la parte decorativa.
Juan Pablo Hernández lo muestra todo mientras su hija le mira de soslayo desde el fondo. La descendencia no seguirá con un negocio de generaciones que probablemente acabará con la actual. Sus familiares han ido retirándose y ahora el protagonista de esta historia ya tiene que ir asumiendo un volumen de trabajo que se le va de las manos. «Vengo este año, pero no sé si ya el que viene», asegura el salmantino, que recuerda sus visitas «de crío» para ayudar a su padre en las primeras ferias de la cerámica de Zamora. Ya van 54 ediciones.
De esas, en más o menos cuarenta, Juan Pablo ha venido ya con las piezas decorativas. No solo de muñecos con trajes típicos. También de animales y otras formas. «Hay gente que las colecciona, que le gustan. Un cliente de siempre me dijo que, si yo me jubilaba, él tenía para poner un puesto con mis cosas», ríe el artesano, que admite que, aunque el negocio ha sentido la zozobra de los tiempos, la gente le sigue comprando. También en Zamora. «Aquí se trabaja, pero son muchas horas», concede el salmantino de Cespedosa de Tormes.
«Te levantas a las cinco de la mañana, vienes aquí, descargas, montas todo el día y sigues sin parar. Son días de quince o veinte horas y piensas: ¿Quién me manda a mí darme estas palizas?», se pregunta Juan Pablo. Pero siempre viene. Con el empuje de un negocio antiquísimo en la espalda y con la tradición de la feria a la que ya venía con su padre.
