La vida da muchas vueltas, pero para algunas personas siempre desemboca en el mismo lugar. Una y otra vez. Puede que sea la querencia propia. O las circunstancias. El caso es que sucede. Mónica Ballesteros nació como la nieta de Antonio, el panadero de Ferreruela de Tábara; después, trabajó en el negocio familiar con su tío; más tarde, cogió las riendas del comercio gracias a un alquiler; luego se marchó. Parecía el final de la historia, pero quedaban capítulos. En 2025, con la panadería cerrada, esta mujer decidió retornar. Lo tenía tan claro que compró el local. Y allí quiere quedarse.
Han pasado quince meses de la decisión y Mónica está lejos de arrepentirse. Ríe más que sonríe la panadera cuando habla de su historia, de un convencimiento que no siempre tuvo por llevar el negocio y del arraigo en Ferreruela. Eso nunca se esfumó. «Mi abuelo empezó con esto y mi padre iba a repartir el pan con él por los pueblos con la burra. Luego, el negocio se lo quedó mi tío y yo estuve con él cuatro años. Después lo cogí yo con una pareja, pero el precio del alquiler nos parecía alto y con dos niños pequeños era un problema», resume la mujer.

Tras ella, hubo otro par de panaderos al frente que lo dejaron por diferentes motivos. El negocio se cerró. Hasta que Mónica se decidió a preguntar de nuevo. Las condiciones esta vez le resultaron favorables, así que se atrevió a abandonar su trabajo en el aserradero del pueblo y se lanzó. Al principio con reservas. «Me daba miedo volver a empezar, pero la gente solo me da las gracias. Aunque sea por poder comprar el pan del pueblo», indica la mujer, que está a las puertas de las semanas de más faena del año. En el invierno – entendido como la etapa de septiembre a junio – el establecimiento cierra los lunes. Ahora ya empieza la época sin descanso.
Mónica lo asume como parte de un oficio que conoce bien y al que ha decidido acompañar con un pequeño servicio de tienda para el pueblo. Al pan, a la repostería y a las pizzas o empanadas por encargo, la panadera ha añadido un surtido de productos básicos que incluyen pasta, legumbres, aceite, vinagre, galletas o botes de limpieza. «Es para que la gente tenga a mano lo mínimo», subraya la tendera, que habilitó su negocio como comercio minorista y que añadió ese recurso a su catálogo.

A eso hay que unir también la faceta como ambulante, claro. Apenas hay panadería sin ruta en la Zamora rural. Mónica empezó con el mapa heredado de su tío: Puercas, Sesnández y Escober. Pero a la vista de las paradas de otros compañeros ha decidido quitar Puercas y sumar San Martín de Tábara, ahora que uno de los de siempre se jubila y deja de ir a esa localidad cercana. Todo es adaptarse.
A lo que cuesta más acostumbrarse es a la temperatura de la sala donde está el horno. La panadera pasa a mostrar esa zona con el amparo de la costumbre, pero cuesta resistir si uno no está hecho. Y más en lo peor de la ola de calor de junio. Aún así, vale la pena aguantar para ver algunas de las piezas antiguas que conserva el negocio de antaño, como la báscula o la artesa rebajada a la altura ideal para que Adelina, la abuela de Mónica, una mujer pequeña, pudiera trabajar con comodidad. Y a mano, claro.

Ahora, hay procesos que son más sencillos, aunque hay determinadas partes del oficio que toca asumir como vienen. Por ejemplo, la de los horarios. Sobre todo a partir de ahora, habrá días en los que la panadera de Ferreruela tendrá que empezar a funcionar antes del alba. Es así. Como siempre en la Panadería Ballesteros, el nombre por el que toda la vida se conoció un comercio que ahora tiene otro cartel. Lo decidió la nueva dueña. «Mi padre me dijo que mi abuelo siempre había querido llamarla La Confianza». Y así se denomina ahora el establecimiento. Un guiño a Antonio y a la continuidad.
Como también lo es que, a la entrada, el número 1957 recuerde que esto, con sus idas y venidas, lleva aquí en Ferreruela casi setenta años. «Seguimos teniendo el sello del horno de leña y de la masa madre», aclara Mónica, que celebra el día en el que decidió dejar el aserradero y tirarse a una piscina llena de agua conocida. «De verdad que lo que más escucho es ‘muchas gracias por tenerlo abierto'», remacha la panadera. La vocación, aunque no siempre lineal, le viene de familia.

