Manuela y Maruja López llegan a la frontera a pie, como en la juventud. O casi. Esta vez, su hermano deja el coche cerca de la antigua aduana para que las mujeres solo tengan que recorrer unos metros hasta el destino. Las dos son de Calabor, las dos terminaron por hacer la vida en Madrid y las dos recuerdan los tiempos en los que el café y el jabón pasaban de tapadillo desde la zona de Portelo y França, en Portugal, hasta la parte española. Manuela rememora con igual nitidez su trabajo de mocedad para un cabo de la Guardia Civil de los de antaño, de los que abundaban en un espacio de frontera con más restricciones, pero también con mucha más gente.
Ahora, entre los dos pueblos más cercanos a la Raya común, Portela de un lado y Calabor del otro, apenas suman 85 vecinos censados. A pesar del entorno natural privilegiado en el que se enmarcan las localidades, mucha gente marchó. Tampoco hace falta entrar en detalles sobre lo que fue un proceso generalizado de emigración desde el oeste de la provincia de Zamora y el interior de Portugal hacia las ciudades. Esa realidad no se puede borrar, como tampoco el hecho de que hubo otros que se quedaron, que siguen en el territorio y que pretenden mirar hacia delante sin olvidarse de las tradiciones de siempre.

Por eso, en la zona de la vieja aduana a la que han llegado a pie Manuela y Maruja hay mucha más gente. Y un altar. Y varias filas de sillas. Y una Virgen. Y bastantes coches aparcados. Y puestos de bebida y comida al fondo. Hasta el año 2009, los pueblos de Portelo y Calabor celebraban la fiesta conjunta de la Pascoela 40 días después de la Semana Santa. Aquello se perdió. Pero este sábado 27 de junio ha nacido otra tradición con el mismo espíritu, heredera de aquella, una convivencia entre las localidades que aparece para asentarse como sucesora de la romería de antaño.
Lo cuenta, antes de que todo comience, Santos Sebastián, el hombre a quien todo el mundo pregunta. Este hombre es concejal de Pedralba, gestiona los asuntos de Calabor y se ha ocupado, junto a otros vecinos, de recuperar el espíritu de la fiesta perdida. «Al principio, cuando se dejó de hacer, había unos asuntos políticos de por medio y también influía el hecho de que solía hacer mal tiempo en las fechas habituales, así que la gente no se animaba mucho. Por eso ahora hemos decidido traerla al mes de junio bajo la denominación de la convivencia», subraya el edil.
El resto de la liturgia más o menos se mantiene invariable, con la parte religiosa y la social y con la ubicación en un terreno cercano a la aduana. Ese edificio antaño imprescindible luce ahora ciertamente abandonado y con las ventanas tapiadas. Ya perdió su función. A su vera, las gentes de la zona desbrozaron la parcela correspondiente y se lanzaron a retomar la convivencia con Portelo. «La idea es que se quede para el resto de los años en estas fechas y que se incluya en el calendario de romerías de la provincia», apunta Santos.

Otra aspiración es que la respuesta de la gente de la comarca vuelva a ser masiva. «Aquí era interminable la cantidad de coches que venía. No había ni dónde meterlos por los campos», remarca el concejal, que cuenta un poco lo que viene ahora. Las gentes de los dos pueblos se juntarán en la Raya fronteriza y caminarán con sus imágenes rumbo al lugar escogido para la celebración. Allí habrá una misa y luego música, bebida, comida y fiesta. Sin mucho más misterio. Lo meritorio no es el programa, sino la propia recuperación de la fiesta.
Cuando dan las once y media, sucede lo que dice Santos. Las gentes de Calabor bajan con su Virgen de Fátima hacia la frontera exacta. Lo hacen entre cánticos que pronto se entremezclan con los que lanzan los vecinos portugueses, que llegan al punto de encuentro. Allí, las imágenes se sitúan en paralelo y caminan de nuevo hacia el lugar de la misa. Los de Portelo van ataviados con una especie de capa azul y blanca propia de la cofradía que honra a Nuestra Señora del Rosario. Al pie, en la zona habilitada para la jarana posterior, se mezclan los carteles de Superbock y de la Caja Rural.
Otra cosa que se intercala son los idiomas. Incluso en conversaciones mixtas, cada cual utiliza el suyo. Los interlocutores se entienden sin imposturas. Al final, cuando todos se reúnen, se puede constatar que la asistencia triplica con creces el censo conjunto de Portelo y Calabor. La primera respuesta ha sido buena. Allí están también los niños o los adolescentes que nunca conocieron la fiesta antigua, pero que llegan de la mano de sus mayores, que quieren que la descendencia sepa de qué va el asunto.
Primero, con la misa, que se dice en España, pero mayoritariamente en portugués, con cura luso. Un niño trata de pasarla entretenido con una pelota del Benfica. A su lado, un adulto porta una gorra de una prueba deportiva transfronteriza muy apropiada para la ocasión. En primera fila, las autoridades – entre ellas los diputados de la zona y algún alcalde vecino – asisten a la escena entre la solemnidad que exigen algunos momentos y la mirada divertida que piden otros.
«Que perdure»
Al cierre, Santos habla en público. «Se trata de convivir y mantener la fiesta para el futuro. Si ponemos un poquito de cada uno, conseguiremos que no decaiga y que esto se celebre como antiguamente». A su lado, la presidenta de la Cámara Municipal de Bragança, Isabel Ferreira, abunda en la importancia de retomar estas iniciativas en lugares que tienen «una necesidad imperiosa de luchar por su desarrollo». «Que perdure», desea la dirigente política.
Para que eso suceda, la ida de las gentes de la zona es crear una asociación conjunta que le dé continuidad a la fiesta más allá de los políticos que vienen y van. Ese será el siguiente paso. De momento, tras la celebración religiosa, queda disfrutar de este reencuentro con la tradición. Con las bifanas, los cachorros o las Superbock de los puestos portugueses o con la paella prevista para la comida comunitaria. Aquí, todo es casa.




