A las diez y media de la mañana ya quema el día. En la ciudad y en los pueblos. No hace de faena en el campo, pero tampoco queda otra. Por eso la gente sigue enfrascada en la labor en un paraje conocido como Los Matones, en la localidad de Pueblica de Valverde. Dicen por aquí que la zona se llama así desde antaño porque algunos vecinos del pueblo dieron caza por estos lares a un toro bravo que se había escapado de la parte habitada. Los paisanos acabaron con el animal y al sitio se le quedó el nombre para los restos. Pero esta historia no va de aquello, sino de un presente que tiene como protagonista a la cereza.
Las tierras que pueblan este paraje están llenas de los árboles que dan este fruto, ligado desde generaciones a la historia de Pueblica de Valverde. Solo ahora – este sábado – el pueblo organizará un mercado asociado a su producto estrella, pero lo de la cereza no se lo ha inventado nadie nuevo. «Sé que nuestros abuelos y bisabuelos ya iban a vender por los pueblos con las caballerías o con sus talegas en los burros. Marchaban hasta Tierra de Campos toda la noche caminando y allí cambiaban las cerezas por alubias o lo que fuera. Era como un trueque. Lo que no sabemos es quién puso el primer cerezo».

La mujer que cuenta la historia se llama Carmen García Guerra, y va con visera y ropa cómoda para «pelar» los cerezos. Es decir, para coger el fruto del árbol. Así llaman a la tarea los vecinos de Pueblica de Valverde, que no saben cómo empezó todo esto. Lo que resulta evidente, a la vista de los hechos, es que la gente fue plantando los cerezos «porque se daban bien». «Ha sido siempre a pequeña escala», admite la vecina, sin salir de las economías familiares, pero generalizado en una localidad que ahora ronda los 120 habitantes.
Los que son de toda la vida de Pueblica no recuerdan un tiempo sin la campaña de la cereza. Incluso, sus vivencias de la niñez o de la adolescencia van ligadas en parte a esta fruta que exige esfuerzo al final de la primavera. Carmen, que tiene unos cien árboles, subraya que el volumen y la calidad dependen de las heladas, del agua que caiga y de cómo venga esa lluvia. Por ejemplo, las tempranas de este año, que antes aparecían a finales de mayo y ahora se adelantan alguna semana, «se abrieron» por culpa de las precipitaciones. Mala cosa.

Lo cuentan Manolo y Justi Martín García, hermanos entre sí, que andan a la jera entre los árboles. Él cuenta que, antes, hasta en el mes de agosto se cogían las cerezas. Ahora, la campaña se ha adelantado hasta el punto de que prácticamente va a terminar. Lo mismo pasó con las tempranas, que en otros tiempos asomaban a finales de mayo y que ahora a primeros ya exigen estar al quite para «pelar». En cualquier caso, toque cuando toque y con la variedad que sea, el sabor del producto es lo que le da valor. Y en Pueblica defienden lo suyo. No es una especie de chovinismo, sino lo que dice la experiencia.
Un año tras otro, la gente va a buscar las cerezas a este pueblo. «Un kilo, siete o diez para la familia. O para llevarse a Madrid porque allí no saben a nada», explica Carmen, que insiste en que esto «no es una ciencia exacta», pero que la producción suele dar para «ayudar a la economía» de las familias. Incluso, en el caso de la gente que está jubilada y sigue yendo a la tierra «a pelar sus cerecicos». «Todo el mundo tiene», resalta la vecina, que lo que destaca es que «no se pueden hacer cuentas». Cada año viene como viene.
¿Y de trabajo? Carmen señala el suelo y explica que hay que labrar la tierra, «sulfatar muy poco», podar y estar atentos al mantenimiento. También regar los árboles más jóvenes para que tiren adelante. Los que tienen ya más de cien años subsisten sin apoyo. En este punto, tampoco se puede obviar la necesidad de contar con sistemas para ahuyentar a los pájaros. «Nosotros tenemos un dispositivo, una batería, que emite sonidos de gaviotas cada ciertos segundos para que no se acerquen los estorninos, que son los que se comen las cerezas. Hay que tener eso porque si no, cuando llegas, no hay», apunta la vecina.

Con esos cuidados, el momento de la recogida llega en la primavera y en el verano incipiente. Y el proceso es manual por completo. «Coges cereza a cereza y al cubo», resume Carmen. «Si están todas maduras, tienes suerte; puedes coger todo el árbol». Si no, toca seleccionar. «Aquí no las coges en verde porque no tienen que pasar procesos. Si tuviéramos que llevarlas a un almacén y luego a un supermercado tendría que ser de otra manera. Pero el sabor no tendría nada que ver», afirma la mujer, que recalca que esta faena siempre ha sido «un complemento» a la agricultura y a la ganadería.
«Si antes no tenías una buena cosecha de trigo o de patatas o de lo que sea, pues a lo mejor te sacabas un poco de las cerezas», apunta la mujer, que va árbol por árbol con el cubo en la mano. «Si en días como estos las dejas más de la cuenta las asfixias», va narrando Carmen, que no tiene una estimación muy clara de los kilos de cerezas que va a apañar este año. Quizá, unos 500 o 600, estima ella misma, antes de precisar que es difícil hacer un cálculo muy ajustado.
«Que vengan y prueben»
Para lo que sí está calculando Carmen es para tener producto para la feria. El adelanto de la campaña ha trastocado un poco los planes, pero habrá para que la gente vea y pruebe. Tanto ella como otro grupito de vecinos con más volumen de cerezos están pendientes de que sea así. «Que vengan y lo vean, y que vayan a los bares que tenemos aquí en el pueblo», reclama la vecina, que sigue mirando hoja por hoja y fruta por fruta para «pelar» como es debido.
«Si hay una mala se quita. No vale todo», asevera Carmen, mientras Mariluz y Jesús, dos vecinos que han venido a ayudar, se debaten entre la risa y el aprecio por lo estricta que se muestra la dueña de este terreno que es una pequeña parte de la historia de Pueblica de Valverde, el pueblo que guarda el tesoro de las cerezas en Zamora.

