No hacía falta la lumbre para darle calor a la noche, pero las tradiciones son las tradiciones. Y San Juan no es San Juan sin hoguera. Zamora monta la suya en la Ciudad Deportiva, en el corazón de un aparcamiento transformado en el escenario de una fiesta. Allí, a eso de las once de la noche, los palés ya se amontonan en el interior de un círculo vallado. En unos minutos, se prenderá la llama. Será más pequeña que otras veces y con los bomberos bien atentos, porque nadie quiere sustos con los termómetros al rojo vivo. Al fondo, la macrodiscoteca Selvatika va animando a la gente que se arremolina. Es el rato de la espera.

Para matar el tiempo, dos muchachos se entretienen en un uno contra uno futbolero con una botella de plástico aplastada como pelota. El juego de toda la vida. Será todavía la influencia del Zamora CF. O del Mundial. Claramente, lo segundo es lo que motiva la presencia bastante nutrida de camisetas de Colombia en el preludio de la medianoche en la ciudad. La Tricolor juega a las cuatro de la mañana contra la República Democrática del Congo. Y la gente del país tiene que aguantar despierta. Buen sitio este para resistir. Y para pedirle al fuego un poquito de fortuna.

Pero aún queda un ratito para que todo prenda. Hay que entretenerse. Las peñas se apañan con las primeras cervezas y las conversaciones, y con algún disparo con pistola de agua que esta noche no molesta ni al más seriote de la contorna. En ese instante, la música de hace ya algunos san juanes dice que, «cuando llega el calor, los chicos se enamoran». También por ahora es cuando los cursos terminan. Por eso hay gente que acude al círculo de los palés para depositar apuntes de los que se quiere olvidar para siempre.
Allí los recogen los bomberos, como los pajes de los Reyes Magos en los primeros días de enero. Pero estos trabajadores tienen algo más de jera aparte de hacerse con la correspondencia. Cada poco, los efectivos del servicio de extinción refrescan la zona. Ya queda poco de verdad. En los últimos minutos, algunos adolescentes aprovechan para contarle a la tele sus intenciones para San Juan. Y lo que surja. Pero hay que cortar. Ya viene el fuego.

La hoguera de San Juan prende a eso de las once y media. Y, como si se pulsara un interruptor, los móviles van arriba para grabarlo. En los primeros segundos, todo el mundo aguanta. Luego, solo quedan los valientes de verdad. La temperatura a pie de valla resulta más que disuasoria. Y la gente recula. Los más mayores tiran de abanico para pasar el achuchón. El resto añora las pistolas de agua de hace un ratito. Una pareja ignora el abrazo cálido de la llama próxima y filma un par de bailecitos para la posteridad o para las redes. Cada cual con lo suyo.
El caso es que, para el instante en el que los bomberos aplacan la llama tras los primeros minutos, la gente ha improvisado un perímetro con el fin de echarse unos metros más atrás de lo que marca la valla. Los niños que jugaban con la botella de plástico ya no están. Quizá, les haya tocado recogerse sin esperar ni a la parte fuerte de Selvatika ni al partido de Colombia. El 24 todavía hay cole. Habrá más días de San Juan. Que disfruten la espera hasta ser mayores.

