«A mí siempre me ha gustado trabajar con las manos». En tiempos en los que los oficios tradicionales sufren la falta de relevo generacional, encontrar a una persona joven que articula su vida en torno a uno de ellos es un hecho noticiable. Es el caso de Alberto Segurado, alfarero y titulado en la Escuela de Arte, a quien el oficio le viene de familia aunque haya sido él el encargado de recuperarlo después de una generación de «parón», la de sus padres, que se ganaron la vida en otras lides. Procedente de Pereruela, Alberto guarda el recuerdo de hacer canicas de barro con su tía abuela. Ahora hace alfarería tradicional y también piezas que se asemejan más a la cerámica fina que a lo que, durante toda la vida, se ha hecho en el torno. Pero ese, el de las diferencias del arte y la artesanía, es un debate al que iremos después.
Vamos primero con la historia de Alberto, que arrancó en el oficio que había visto hacer a sus antepasados cuando fue contratado en una alfarería de Pereruela donde, asegura, hacía hornos. «Muchos hornos». Y donde se percató de que todos los conocimientos que había absorbido en la Escuela de Arte tenían muchas aplicaciones en los talleres de barro. «Me di cuenta de que con el barro se podían hacer muchas cosas muy artísticas, cosas que van mucho más allá de la alfarería tradicional». Hace unos diez años el alfarero decidió establecerse por su cuenta, en una antigua vaquería de la familia en Entrala, que estaba casi en ruinas, que «no tenía tejado» y que poco a poco se ha ido rehabilitando. «Lo primero que hice fue arreglar el tejado y comprar el horno». Y ahí empezó el negocio.

Segurado no ha querido quedarse en la alfarería tradicional que aprendió durante su etapa de trabajador en Pereruela. Ha querido ir más allá, dando a las piezas un sello propio que, apunta, «cada vez conoce más gente». Lee bastante, investiga mucho y asegura que no tiene miedo a probar «nuevos barros, nuevas combinaciones» para ver qué productos salen cuando se abre la puerta del horno. Es precisamente esta una de las cosas que asegura que le tienen enganchado con el oficio: «Que es infinito, que las posibilidades no se acaban nunca».

El trabajo de investigación ha ido aparejado a otro proceso, más personal, de búsqueda de lo que el alfarero quería hacer con sus productos. Ahora, dice, está «muy a gusto» con lo que hace, con elementos que tienen influencias de otras culturas y técnicas que se usan desde hace siglos en países lejanos, pero aplicadas a la alfarería tradicional zamorana. Con «respeto a la alfarería tradicional» Alberto ha querido ir un paso más allá, consciente de que para hacer lo de siempre ya hay gente que lleva muchos años haciéndolo, y muy bien. Así que tocaba darle una vuelta de tuerca al taller. Uno de los objetivos era hacer la alfarería tradicional más atractiva para la gente joven. «Yo tengo amigos», asegura ahora el alfarero, «que venían a las ferias y que me decían tío, quiero comprarte algo, pero no sé el qué». Y es que los cacharros de cocina son más demandados por generaciones de más edad, consumidores que los utilizan más y están «más acostumbrados» a utilizarlos. «Así que fue tirando un poco a elementos más utilitarios», dice Alberto. Vasos elaborados uno a uno, esmaltados uno a uno y con una decoración única llenan varias mesas y muchas cajas, envueltos ya para exponerse al público el próximo fin de semana, durante la Feria de la Cerámica y la Alfarería Tradicional de Zamora. En otros estantes hay platitos para aceitunas, otros para dejar el jabón o ensaladeras que están listas para encarar la última fase del proceso.
«He ido tirando hacia aquí porque me encuentro a gusto haciendo esto, creo que estas piezas me representan», razona el alfarero, que celebra que cada vez son más las personas que reconocen en los diseños la huella de este taller. Huella que, literalmente, se puede ver sobre muchas de las piezas, que están decoradas con tres «manchas» que no son otra cosa que la marca de los dedos del alfarero cuando realiza el proceso de esmaltado.

Y es tiempo ahora de volver a aquel debate, el del principio, el de si la cerámica y la alfarería son dos cosas o son la misma. El que quiera respuestas puede dejar de leer aquí porque, al menos en este taller, no las tienen. «La alfarería tiene que evolucionar, aunque siga siendo tradicional, porque si no se puede agotar», reflexiona Segurado, consciente de que la gente «ya no cocina como antes» ni usa los elementos que usaba antes. «A mí me dicen que me ponga en la plaza de la biblioteca», dice el alfarero en referencia a la zona ocupada por los ceramistas durante la Feria de San Pedro. «Yo digo que, si tengo que elegir, me considero alfarero porque mi técnica es de alfarero, mis orígenes son de alfarero y mis creaciones son de alfarero», aunque con otro aire. «Pero podría ir en el otro sitio», concluye. «La línea es fina».
Además del trabajo cotidiano, Alberto asegura que recibe encargos de empresas que apuestan por fabricar elementos tradicionales y realiza actividades y talleres para niños y adultos con los que ayudar a difundir el trabajo del alfarero. Por este taller pasan personas que primero atienden, luego miran y por último intentan hacer algo parecido a un cacharro en el torno, poco menos que un instrumento de tortura para el que no lo sabe utilizar. En Entrala, donde trabaja, la presencia del alfarero se ha convertido en los últimos años en un fijo de la programación y decenas de chavales del pueblo y de otros de la contorna acuden a trabajar el barro y a intentar realizar sus creaciones, con mayor o menor tino, productos que después Alberto se lleva a su taller y hornea para que la chavalería vaya después a recogerlos. También ha participado en la creación de la Asociación de Artesanía y Arte de Zamora, que busca que los creadores se junten y aúnen fuerzas para poner en valor los oficios tradicionales. Oficios como el que Alberto recuperó de sus abuelos y que, pese al empuje de la globalización, tienen todavía mucho futuro por delante.

