El estadio de la Nova Creu Alta es uno de esos campos urbanos, rodeados de edificios y de bares, como el antiguo de La Vaguada en Zamora. En cada balcón, un banderín arlequinado; en cada negocio hostelero, ambiente de puro fútbol. Allí ha llegado el equipo rojiblanco a las 19.21 horas, bien achuchado por la gente local, que ha preparado un recibimiento hostil para los hombres de Óscar Cano y particularmente para el propio entrenador, que seguro que dejó amigos en su etapa de Sabadell, pero que vio cómo eran los enemigos los que rugían en el instante de su regreso al campo donde buscará hacer historia para su club actual.
Cano fue el blanco de los insultos; el autobús del Zamora CF, la diana de los huevazos contra los cristales. De fondo, toda la pirotecnia de la ciudad concentrada para preparar una bienvenida desagradable para la visita. Antes, los jugadores del Sabadell habían entrado al estadio a pie, protegidos con las camisetas del humo azul lanzado por su propia hinchada y profiriendo gritos como los que luego dedicó Fermín Sobrón al reducto de rojiblancos plantado a las puertas del estadio.
Conviene señalar eso también. Después de la calentura de la semana, la convivencia pacífica en las calles de Sabadell. Gente arlequinada con otra rojiblanca compartiendo mesa y bebida en la previa de un partido sin red. Unos saldrán llorando de alegría; los otros, de pena.
Todavía en el exterior, las bufandas conmemorativas del partido corrían de cuello en cuello para paisanos de todas las procedencias. Algunos, agentes dobles. Incluso, trabajadores del Sabadell cuyas raíces se hunden en Aliste. A Cataluña marchó mucha gente de Zamora a trabajar; de Cataluña quiere traerse el equipo de la tierra su primer ascenso al fútbol profesional.




