Es la una de la tarde del lunes 15 de junio. Ya han pasado doce horas desde que el agua empezó a colarse en dos de las casas ubicadas a la entrada de Fuentespreadas, cerca del complejo deportivo del pueblo. Allí, en ese espacio de ocio, todavía hay balsas en el frontón, el barro continúa acumulado en cada esquina y lo que el día anterior era el suelo de una pista de pádel se ha convertido ahora un revoltijo de lodo y de un césped artificial totalmente levantado. Los vecinos aseguran que, allí en la localidad, no llovió demasiado. Sí en un paraje llamado el Cuadrazal, camino de Santa Clara de Avedillo. Esa circunstancia provocó el desbordamiento del arroyo Montoya y los daños en los citados espacios públicos, en la carretera y, sobre todo, en las dos viviendas de la zona.
Aún pasado el mediodía, los bomberos actúan para ayudar a los vecinos, que van de barro hasta las cejas mientras se afanan por limpiar y hacer balance de daños en ropa de faena y con botas de goma. El agua les entró de lleno en sus parcelas. «El arroyo no está limpio, así que se ha desbordado, ha venido todo hacia acá y el agua ha roto la tapia, ha inundado completamente nuestra bodega y se ha ido hacia la casa de los vecinos», resume Amaya Gutiérrez, que no estaba aquí cuando se produjeron los hechos, pero que acudió a la llamada familiar. Mientras la mujer habla, decenas de objetos, muebles y otras pertenencias aparecen embarrados o empapados a sus pies. Aún hay que hacer el balance de daños final.

A bote pronto, Amaya habla de dos arcones con sus productos, de la caldera llena de gasoil cuyo contenido se desparramó por completo, de una pared reventada, de mesas, sillas, un patinete eléctrico, las conservas del verano pasado, lo que quedaba de la matanza, los juguetes de los niños que estaban guardados en la bodega, una cuna… La enumeración podría seguir. El seguro intervendrá, «pero nada, qué te va a compensar». A su lado, una mujer llamada Rosa Tomé añade que la Guardia Civil primero y los bomberos después acudieron cuando se vio la dimensión del problema. Los miembros del servicio de extinción no se marcharon hasta las dos y media de la madrugada.
Por la mañana, regresaron para sacar el lodo restante y el material voluminoso. De fondo, Amaya señala un huerto recién plantado que quedó anegado por completo o la valla que les separaba del vecino hasta que la noche anterior fue volcada por el agua. «Yo no recuerdo algo así en los 40 años que tengo», asegura la mujer, que incide en que sus familiares están particularmente sorprendidos porque en Fuentespreadas no llovió tanto. Todo vino del arroyo.

En la vivienda de al lado, el panorama es similar. Lo cuenta Iván Alonso mientras trata de recuperarse del susto. Y es que este vecino se enteró de la inundación porque sus hijos, que estaban cenando en el merendero que se ubica en la cota más baja de la parcela, le alertaron de lo que estaba ocurriendo. «Me vine para acá deprisa y me encontré ya con un metro de agua. Los cogí en brazos, los saqué al coche, ya aseguramos y entré a buscar a los caballos, que los tengo aquí en la cuadra. A los animales ya les llegaba el agua por la barriga», asevera el vecino.
Iván tuvo un buen sobresalto en este impacto inicial, sobre todo al constatar que sus hijos ya se habían subido a la mesa del merendero por el nivel del agua. «Una vez vi que salían bien, ya fuimos con lo material poco a poco y con la ayuda de mucha gente del pueblo y de fuera. Vino un amigo de una localidad de al lado que tiene una cuba grandona y ya limpiamos un poco, desatascamos el sumidero y empezó a filtrar. Nos tocó partir una pared porque la zona de la piscina estaba llena de agua y no tenía salida. Ya pasadas las dos de la mañana vimos que se había ido mucho», explica el ciudadano de Fuentespreadas.
En su caso, Iván celebra que el agua no llegó a la parte de la vivienda como tal. «Se quedó a dos centímetros», afirma el vecino. Pero eso no quiere decir que la familia no tenga daños importantes que lamentar: «Neveras, arcones, sofás, la pared del vecino arrancada de cuajo…», cita el afectado, que aclara que ellos hacen «mucha vida» en la zona del merendero, que quedó muy castigada. «Eso, todo perdido».
La limpieza del arroyo
Además, al igual que en la casa de al lado, en esta familia cunde la incomprensión por la gestión del cauce del arroyo. «Yo sé que aquí hay gente que se ha puesto a limpiar por su cuenta y Confederación ha venido encima y los ha multado», revela Iván, que no entiende cómo ese carril por el que ha corrido el agua está «lleno de árboles y de zarzas sin limpiar». El alcalde, Jesús Onofre Andrés, pone el foco en el mismo asunto. Como en tantos otros pueblos de la provincia.
«Ahora, nos toca ir con el seguro nuestro y con el del vecino, y pelear con quien tengamos que pelear. Esto no es una injusticia, porque es una desgracia, pero nos ha tocado. Y ha sucedido con una tormenta. Imagínate con dos días de agua muy intensos; se nos inunda la casa y se nos inunda todo», zanja Iván antes de seguir con la faena. Queda mucho barro que limpiar.




