Hubo un tiempo en Toro en el que la Feria del Ajo tenía tanta fuerza que los puestos se tenían que montar en la Plaza Mayor, con ajeros y arrieros tanto debajo de los soportales como fuera. Iban a la feria productores de todas las comarcas del entorno, principalmente de La Guareña. Hablamos de hace varias décadas, cuando esta feria era, dicen en Toro, la más importante de la provincia. Pero cambiaron los hábitos y la Feria de Zamora, que se viene desarrollando desde el siglo XIX y que se estableció de forma definitiva en las Tres Cruces en 1955, empezó a tomar forma. Y los ajeros, que no tenían producción para dos ferias, tuvieron que empezar a decidir, y se trasladaron, primero unos pocos y luego casi todos, a Zamora. De la mano del crecimiento de una fue la venida a menos de la otra, con los ajeros de Toro desplazados ya a la plaza de Santa Marina.
De aquellas decenas de vendedores que se juntaban hace años quedan dos puestos. Uno llega de Villabuena del Puente. El otro lo llevan Félix de la Calle y su hijo Mario, el padre «tratante» de ajos y otras frutas durante toda la vida, el hijo militar pero decidido a seguir con la tradición que Félix ya heredó del abuelo de Mario. El negocio no es ahora como antes, pero en Toro, ya sin duda como un rescoldo de la costumbre, aún pervive. Mario ya no es viajante como su padre, no se encarga de recorrer la vega de Toro, Tierra de Campos y la Guareña comprando fruta para después venderla pero, cuando avanza junio, la tradición familiar llama y el joven se lanza a las explotaciones agrícolas cercanas a Toro para hacerse con la mercancía que después venderá en Santa Marina, este año de vuelta después de no haber podido vender allí el año pasado por las obras.
«Yo tengo 28 años y desde los 13 que tengo más constancia ya solo quedábamos cinco puestos», corrobora Mario, centrado ya en los preparativos de una actividad que comenzará a desarrollarse en Toro a partir del sábado que viene. Ese día, en horario de mañana y tarde, el joven y su padre se alternarán en lo que llaman el «banco de la paciencia», que no es otra cosa que sentarse junto a los ajos, a ser posible a la sombra, a esperar a dar salida a todo el producto. ¿Cuánto se tarda en eso? Pues depende del año, depende del tiempo y depende de muchas cosas, pero calculan que la feria de este año llevará unos «cuatro o cinco días», en base a experiencias anteriores. «Tenemos permiso para estar hasta el día 28, pero cuando lo vendamos todo, nos vamos», asegura Félix, el padre.
Mario quiere seguir mientras dure la costumbre de la gente de bajar a por ajos, aunque no es fácil decir cuándo sucederá eso. De momento, los vendedores que quedan aprovechan el fin de semana de antes de la Feria del Ajo de Zamora porque, reconocen, si lo hacen después «la gente ya tiene ajos para todo el año y no nos compran a nosotros». Anticiparse, confían, sirve para algo. «Nosotros tenemos a nuestros clientes de siempre, que nos compran a nosotros y que nos conocen. Gracias a eso vamos tirando», dicen.

Ha cambiado la feria y ha cambiado el oficio. Antes, dice el padre, «te dabas una vuelta por La Guareña y salían ajeros de debajo de las piedras». Había más oficio, más gente que tenía que vender por la zona y había mucho que decir cuando se hablaba de precios. Ahora la cosa es otra. Hay menos ajeros, eso para empezar, y la costumbre de destinar parte de la producción a las ferias está de capa caída. Las explotaciones son más grandes, se llega a acuerdos con las empresas de distribución de alimentos y el ajo que se siembra no es el que se busca para las ferias. Las familias que mantienen la costumbre siembran un producto especial y después destinan «buenos ratos» a hacer las ristras, que aquí son norma pero que los supermercados ni exigen ni quieren. «Tienes que tener a la familia pendiente de esto dos semanas para ganar un dinero que te es más fácil ganar en otro sitio. Es normal que haya menos gente vendiendo ajos ahora», apunta Félix de la Calle.
Pero, contra todo, ahí estarán padre e hijo en la semana del 20 de junio, uno ya con más tiempo, casi jubilado, y otro haciendo encaje de bolillos en el trabajo para poder tener unos días libres que dedicar a esto. No pararán este año, como no han parado en los últimos, autocares de Salamanca llenos de gente que llegaba a Toro a comprar ajos. Y seguramente tampoco vengan muchos compradores de Valladolid, desde donde la gente llegaba en los sesenta y en los setenta a comprar ajos con los que tirar durante el invierno. «Estábamos entonces de siete de la mañana hasta que se hacía de noche», recuerda el padre. Este año el plan es otro. «Abrir más tarde, marchar a casa a comer y descansar un rato y después, a eso de las seis, bajar a echar la tarde» en el puesto para atender a los vecinos que bajen. Que serán, seguramente todos, de Toro, gente que reivindica su feria aunque la de la Zamora haya acabado por comérsela. «Aquí seguiremos», concluyen, «mientras podamos».
