Tomás del Estal (1967) nació en Salamanca y luego se mudó a las grandes capitales, pero nunca dejó de ser del lugar donde se hunden las raíces de su familia. El apellido delata a este actor procedente del rincón sanabrés de San Martín de Castañeda y conocido por su interminable lista de papeles cinematográficos y televisivos, una relación a la que ahora hay que añadir su interpretación en Yo no moriré de amor, la ópera prima de Marta Matute y mejor película del último Festival de Málaga. Del Estal también recogió el galardón a mejor actor de reparto en el certamen que ha impulsado a un film que se podrá ver este viernes (Multicines, 19.30 horas) en la ciudad. Después, el intérprete ligado a la provincia y la directora participarán en un coloquio con el público para profundizar en una cinta que cuenta la historia personal de Matute en la convivencia con la enfermedad de su madre.
– La película versa sobre el alzhéimer precoz que le diagnostican a una madre de familia. Al recibir el premio en Málaga, usted habló de la soledad de los cuidadores. ¿Por qué quiso mandar ese mensaje?
– Porque yo considero que la figura del cuidador es imprescindible en una situación tan radical. Hay una frase que expresa muy bien lo que sucede: ¿quién cuida del cuidador? Existe un sentimiento de que nunca haces lo suficiente, de que nunca haces lo correcto, de que siempre puedes hacer algo más. Siempre está ese sentimiento de culpabilidad, de juzgarse a uno mismo, de pensar si lo estaré haciendo bien o no. Creo que te sientes muy solo o muy sola en una situación como esa, porque tienes que dar todo lo que tienes y piensas que no alcanza.
– Además, hablamos normalmente de cuidadores que no son profesionales de la materia y que tratan con una persona extremadamente cercana.
– Claro. Al no ser un profesional, considero que lo colocas todo en otro lugar, lo haces desde el amor y desde el cariño. Y dentro de tus posibilidades. Eso también implica un desgaste emocional muy grande y creo que hay una parte de soledad de decir: ¿y quién cuida un poquito de mí también?
– En el caso de la película se cuenta una historia con dos hijas jóvenes y una enfermedad sobrevenida en una mujer no tan mayor. ¿Cómo se aborda, desde el cine, el abismo que trae consigo esa realidad?
– La película está basada en una parte de la vida de Marta Matute, que es la directora. Se trata de una etapa de su vida desde los 18 hasta los 26 años. A su madre le diagnosticaron esta enfermedad muy precoz, a una edad muy temprana, y ella lo que pretende es transmitir cómo vivió esos años de su vida. Con 18 años, tú estás con la adolescencia, descubriendo el sexo, las relaciones con los demás y todo lo nuevo que te viene. ¿Cómo manejas eso en una situación tan radical como la que hay en tu casa? ¿Cómo puedes ayudar? ¿En qué puedes colaborar? ¿A qué tienes que renunciar? ¿A qué no? Cuando ocurre algo así, yo creo que los roles de todos los miembros de la familia cambian. Marta ha intentado contar esta etapa de su vida, pero desde un lugar muy sincero y muy honesto. No se recrea en el melodrama ni en la lágrima, sino que aborda cómo asoma la vida a pesar de una enfermedad. Porque al final se trata de eso, de sobrevivir.

– El caso de su personaje es diferente, pero las personas más jóvenes tienen que preparar una vida en paralelo a la enfermedad con la que conviven en casa.
– Claro, imagínate. El personaje de Claudia tiene que estudiar, quiere independizarse y hacer su vida; quiere lo normal de una persona de 18 años que tiene toda la vida por delante y todo por descubrir. Piensa en el choque que puede suponer algo así. ¿Qué hacemos? ¿Cómo nos organizamos? Es una decisión muy complicada. Marta siempre cuenta que hay muchas cosas de estos años de las que no se acuerda. Fue un golpe tan bestia, tan duro, que le quedaron lagunas mentales. En cambio, sí recuerda todas las emociones por las que pasó. Me parece una cosa muy significativa, la verdad.
– Desde la óptica de los intérpretes entiendo que es diferente tratar asuntos de ficción o basados en la vida real, pero es que en este caso la vida es la de la propia directora. ¿En qué medida les afectó tanto en lo negativo como en lo positivo?
– Desde el primer momento, nosotros sabíamos que esto era una historia biográfica, que era una parte de la vida de Marta. Entonces intentábamos ser lo más fieles posible a cómo quería ella que fueran los personajes, porque están basados en los personajes de su vida, de su familia. Al final, Marta nos ha cogido de la mano y ha creado una familia de verdad. Tuvimos la suerte de poder ensayar unas cinco semanas, que eso es muy poco habitual, y durante ese proceso de ensayos pudimos crear esa unión. En la película hay muchos silencios, no todos los personajes se comunican a través de la palabra, así que incluso los mínimos gestos de cariño aparecen como detalles muy sutiles. Esto se pudo conseguir gracias a que nosotros creamos una familia de verdad. Al final tienes una doble responsabilidad, porque estás contando la vida de Marta y de personas que son de carne y hueso, que existen.
– ¿Con el padre de Marta Matute llegó a tener algún contacto para preparar el personaje o fue todo a través de ella?
– Fue a través de ella, de conversaciones que tuvimos. Y luego, sobre todo, vi muchos vídeos de su padre. Se trataba de comprender qué rol tenía en la familia, su manera de ser, su carácter, cómo se comunicaba con su mujer y cómo interactuaba con ellas, con las hijas. El padre es una persona muy introvertida, a la que le cuesta muchísimo mostrar sus sentimientos, que habla lo justo; es un tipo muy para dentro. Creo que conseguimos plasmarlo.
– Con todo esto que cuenta, ¿cree que el público se topa con una película dura o con algo más esperanzador?
– Pues creo que simplemente es la vida. Señoras y señores, esto es lo que hay. No nos hemos inventado nada. Y creo que hay una luz de esperanza. Es decir, la vida continúa a pesar de esto. Es un poco lo que te comentaba antes. Al final se trata de sobrevivir y de ver cómo la vida asoma inevitablemente a pesar de una enfermedad. Y es todo a través de la visión y del comportamiento de un personaje que se llama Claudia, que tiene 18 años. Mucha gente, al ver la peli, nos ha dicho: yo el año pasado pasé por esto o me siento reflejado en tal personaje porque esas frases se las dije a mi madre. O a mi hermana. O a mi padre.
– En las distintas entrevistas que van ofreciendo durante la promoción de la película, todos los miembros del equipo trasladan una sensación de mucha familiaridad. ¿Es la euforia propia del momento o realmente se ha generado algo genuino y especial durante el rodaje?
– Está muy bien resumido: ha sido genuino y especial. Yo a Sonia Almarcha la conozco desde hace años, ya habíamos trabajado en algún proyecto. Pero con las actrices que interpretan a las hijas, como con la directora, no había coincidido. Lo que sucede es que me enamoré de estas mujeres en el momento en que las conocí. Me enamoré locamente, perdidamente, porque son seres humanos maravillosos, tienen una calidad humana genial, son súper currantes, súper trabajadoras y súper generosas. Y, en ese proceso de ensayos que tuvimos, creamos una familia de verdad. De hecho, hoy en día, seguimos quedando, vamos a los sitios juntos, estamos en contacto permanente, nos llamamos constantemente… El rodaje ha terminado, la película ya se ha estrenado, pero ahí estamos. Y así seguiremos, porque hay mucho amor. Incluso, el equipo técnico formaba parte de la familia. Te puedo garantizar que sí, que ha sido algo muy especial. No ha sido nada impostado, ni forzado, ni nada.
– En el caso de Zamora, la película va a contar con un coloquio. Al tratar un asunto como la enfermedad de un familiar, ¿se acercan a este tipo de citas personas que están viviendo situaciones similares en su día a día?
– Sí. Además, la gente, aunque sepa de qué va la película, no debe pensar que se recrea en el melodrama. Es una historia que te va entrando, te va llegando al corazón, al alma, y te remueve por dentro. Desgraciadamente es algo muy cercano y la gente se identifica. Luego, en los coloquios, al final las preguntas van un poco sobre eso, sobre lo duro que es convertirte en cuidador, en los sentimientos de culpabilidad o en darlo todo y luego quedarte vacío. Ver la película realmente es un poco liberador.
– Usted procede de San Martín de Castañeda. ¿Mantiene el vínculo?
– Sí, sí. Toda mi familia es de allí. Tengo una cuadrilla de amigos desde que éramos pequeñines y nos seguimos viendo. Quedamos todos los veranos, pero también hacemos viajes en invierno. Muchos somos primos y formamos un grupo muy grande. Además, voy mucho. Siempre que puedo me escapo. Y uno de mis hermanos vive aquí en Zamora, así que conozco la zona y la ciudad, y tengo amigas y amigos a los que quiero muchísimo. Ni he perdido el vínculo ni lo voy a perder.
