Han pasado quince años. Casi la mitad de la vida para los protagonistas de esta historia. En la primavera de 2011, los juveniles del Zamora Club de Fútbol ascendieron a División de Honor, la máxima categoría nacional. Era la segunda vez que el club alcanzaba una cota como esa. La quinta del 92, arropada por los mejores de las generaciones del 93 y del 94, puso su sello en la historia de la cantera de la entidad y aquel equipo se convirtió en un provechoso granero para la plantilla que competía en la antigua Segunda División B. De esa hornada salieron Dani y Jorge Hernández, Aarón Aguado y otros jugadores que oscilaron entre el estreno puntual y la transformación en leyendas del escudo.
Entre los pequeños de aquel equipo juvenil estaba un centrocampista que no tardó en volar más alto. Su nombre, Carlos Ramos Blanco. Todavía adolescente, el futbolista zamorano se estrenó en el primer equipo y se marchó en busca de su camino al Atlético de Madrid. Luego, vinieron los retornos. Ahora, al borde de los 32, está ante la oportunidad de convertirse en el único representante de aquella generación que toca el fútbol profesional con el club de su tierra y de su vida. Él mismo encargó la eliminatoria histórica ante el Sabadell con dos goles en la semifinal frente al Villarreal B. El último, un penalti agónico en el descuento.

De eso, del penalti, habla el miércoles Carlos Ramos con algunos de aquellos compañeros del juvenil, que ahora miran a la eliminatoria que comienza el sábado desde el vínculo que les une al capitán. Jesús Garretas, Miguel Morillo, Pablo Benito y Dani Mateos acuden a la llamada de este periódico para charlar, en el césped del Ruta de la Plata, sobre el pasado en la cantera y acerca de la frontera que asoma para el club y para el centrocampista de la casa en esta final. Los cuatro llegaron a estrenarse de rojiblanco. Ahora, solo queda el diez.
Antes de dejar que sus compañeros hablen, Ramos describe una escena que horas después compartirá en sus redes sociales. El vídeo, grabado desde un palco, muestra a sus padres en el momento en el que el capitán va a lanzar el penalti contra el Villarreal. De la agonía auténtica al alivio feliz. Mucho más que fútbol. «Se te veía confiado, tranquilo», le dice Miguel, que analiza el golpeo «fuerte» que ejecutó el diez para forzar una prórroga en la que ya bastaba con resistir. «Parecía que faltaba algo y justo llegó el penalti», añade Garretas, que tuvo que seguir el choque desde la distancia por motivos laborales.

«Tenía que meterlo él por todo. Al final de la temporada se ha visto que ha tirado mucho del carro. No se le podía escapar», apostilla Pablo Benito. Los mensajes de los cuatro dejan a la vista un aprecio genuino por el jugador que está ante la posibilidad de «cumplir el sueño de todos», como lo describe Garretas. «Solo hay que verle la cara de ilusión que tiene. Es muy bonito verle aquí después de tantos años. Ha estado en el Atleti, ha rechazado ofertas superiores y ha acabado tirando por su casa», repasa Miguel.
«Carlos vino al Zamora cuando nadie quería y ahora está viviendo lo que no conseguimos el resto. Es el último que nos queda y tenemos envidia sana y ganas de que suba», resume Mateos, que junto a Garretas fue el que más lejos llegó vistiendo la rojiblanca y otras camisetas entre la tercera y la cuarta categoría del fútbol nacional. Pablo Benito jugó un partido en Segunda B contra el Amorebieta (2012) y Miguel tocó el primer equipo en un amistoso. Cuesta encontrar una generación en la que tantos jugadores hayan entrado a la dinámica de la plantilla profesional.
«Cuando éramos juveniles, en el campo, nos sentíamos como lo que éramos: un grupo de amigos jugando al fútbol. A la hora de competir, nos sentíamos arropados, más allá de las cualidades de gente como Carlos Ramos, Dani Mateos, Bartolomé, Sergio… Teníamos una gran camada», explica Garretas sobre aquel equipo que capitaneaba. Miguel recuerda el tiempo compartido, las miradas que bastaban y lo que no se veía en el campo. También, el disfrute más allá de la ambición que menciona luego Mateos. «No se puede pretender ser Messi o Cristiano. Creo que a veces eso es culpa de los padres», constata el lateral derecho de aquel equipo.

El pasado y el presente se entrelazan en una conversación en la que Pablo Benito apela a la pertinencia de que Carlos Ramos y el resto del equipo actual disfruten ahora del momento. «Es importante que este campo vuelva a ser una caldera y que ellos vivan el momento y lo den todo. Mira nosotros ahora. Suceden las cosas y nunca sabes cuándo van a volver a pasar. Pero esta vez estoy convencido de que no se escapa. Tendremos que ayudarles y ser uno más desde la grada», analiza el central de aquel juvenil. Miguel asiente y revela que ya le mandó un mensaje al diez para trasladarle la necesidad de afrontar el siguiente paso «con los pies en el suelo».
Garretas incide también en que, para los miembros de aquel juvenil, jugar en el Ruta de la Plata era un sueño que luego muchos pudieron cumplir. «Es increíble que uno de nosotros esté ahora aquí dentro y que lo pueda cumplir», subraya. Los cuatro perciben, además, que a nivel social el Zamora ha crecido en los últimos años. Y abogan por «aprovecharlo». Aunque sea otra vez con un penalti en el último minuto. Hacia el punto desde el que lanzó Ramos caminan todos mientras proyectan lo que está por venir y recuerdan lo de antaño. No todo feliz. Para la generación del 92, la pérdida de Nico, un compañero de siempre, supuso un duro golpe. «Lo llevamos siempre con nosotros», advierte Mateos. También ahora.
Solo en la despedida toma la palabra Carlos Ramos, que recuerda que los chicos del 93 y del 94 eran un «complemento» de los del 92, que «arrasaron» en Castilla y León y «marcaron una época». Para todos los que se unieron en ese juvenil, llegar al primer equipo era un anhelo. «Hoy yo puedo representar un poco a los jugadores que somos de Zamora y que hemos luchado por estar aquí. Si logramos el ascenso a Segunda, espero que todos se sientan parte», zanja el capitán. Quince años después, el fútbol de la provincia recuerda a aquellos chavales. Hay pocas dudas de que, pasen los años que pasen y suceda lo que suceda contra el Sabadell, nadie podrá borrar a Ramos de la historia rojiblanca.

