«El primer renovado del año es Jacob Round». Ha sucedido este año, como el pasado y como el anterior. Hace unos meses, en una entrevista en este periódico, Saulo Hernández lo dejaba claro: «Si tengo que elegir a un jugador para renovar y que siga el año que viene, es Jacob. Como Bryant en los Lakers, Bird en los Celtics… Round es CB Zamora». Dicho eso, cómo no iba a seguir. Y este año, más de lo mismo. El club ha anunciado que siguen, de momento, Saulo y Jacob. Y, a partir de ahí, a construir. Pero la historia de Jacob en Zamora va mucho más allá del baloncesto. Va de un hombre que llegó a España hace diez años, que aterrizó en Fuenlabrada y que después pasó por Salamanca, La Roda y Huesca. Hasta que encontró su sitio en Zamora. «Aquí», asegura sentado en una terraza de La Marina, «he encontrado mi vida».
La imagen de Round es la de un hombre tranquilo. Que ha conseguido hacer vida en Zamora se percibe simplemente viéndole por las calles. El día después del final de temporada casi todos sus compañeros de equipo hicieron las maletas y pusieron rumbo a casa, cosa habitual en el deporte de élite cuando acaban el curso. Jacob sigue por aquí un mes después de acabar, y tiene motivos. «He conocido al amor de mi vida y me voy a casar», dice en primer lugar. Ha hecho amigos y le gusta la ciudad. «Tengo muchas cosas que me hacen pensar en un futuro aquí», añade. Y tiene más cosas. «Trabajo en lo que siempre he querido, soy respetado, estoy a gusto y he encontrado un club donde los valores personales están alineados con los de la organización». Para el capitán del CB Zamora, todo ha encajado en esta ciudad.
Los seis años en Zamora y en el club han ayudado al escolta inglés, de 26 años, a encontrar el equilibrio. Antes de llegar aquí, asegura, el baloncesto era para él «demasiado absorbente» en su vida diaria. «Estaba todo el día pensando en el baloncesto, hasta el punto de que consideraba una pérdida de tiempo las tardes que no entrenaba o los días que los entrenadores daban descanso», apunta. Una cuestión «nada sana» que llevó al jugador a un estado de «agotamiento mental» del que fue complicado salir. No ayudó que el último año antes de aterrizar en la capital del Duero, el de Huesca, no fue del todo bueno, con muchos partidos de pocos minutos en cancha y con otros de más protagonismo, «muchas veces por lesiones de los compañeros», donde las cosas no acababan de salir.

En el verano de 2021, Saulo Hernández se puso en contacto con el agente del jugador por segunda vez (lo había hecho el verano anterior) y, tras una conversación, Round hizo las maletas y puso rumbo a Zamora. Aquí encontró a un entrenador que le dio «muchísima confianza» desde el principio y que, asegura, le ayudó a «entender que es importante ser buen jugador y también saber desconectar». Cuando llegó a Zamora, lo hizo tan «centrado» en el basket que tardó en salir a conocer la ciudad. «Me ayudó Saulo al entender que yo tenía que intentar ser la mejor versión propia como jugador de baloncesto y estar centrado en eso, al 100%, durante los entrenos, pero no hasta el punto al que lo estaba llevando», apunta ahora el jugador. «Cuando entreno, estoy al 100% en eso, no pienso en otra cosa. Cuando hay un partido, no pienso en otra cosa durante las dos horas que dura, solo en ganar y hacerlo bien. Pero al día siguiente… Comprendí que no ayudaba estar todo el día libre pensando en los fallos que había cometido, que eso no ayudaba. Me costó ver eso».
Un mensaje extraño este en la cultura del deporte de élite. «El baloncesto no es la vida», continúa el jugador. «Es una cosa muy importante, es mi pasión, pero no es la vida. No puede estar por encima de otras cosas de la vida. No puede estar por encima de la salud, de las personas que tenemos cerca. Yo aún sigo encontrando el equilibrio, pero entender esto, como me ha enseñado el entrenador, me ayuda con la gente que tengo alrededor, con mi prometida, con mis amigos y conmigo», razona Jacob Round.
Fruto de estos planteamientos Jacob dio el paso y se involucró con la cada vez más nutrida cantera del club. No era su primera vez con niños porque su padre entrena chavales durante los veranos en Inglaterra, así que había experiencia. «El objetivo era no mirar tanto hacia adentro, sino mirar hacia fuera, ver qué es lo que yo sabía hacer y ayudar a los demás», indica ahora. Y los chavales le ayudan a tener «otra perspectiva» del baloncesto, a verlo como un juego y no como la fuente de estrés que llegó a suponer. «Hay veces que sales de un partido hecho polvo porque lo has hecho mal. Al día siguiente los niños te dicen ‹¡Jacob, buen partido!›. Y dices, pero si estuve horrible. Pero ellos lo dicen de verdad, y están jugando felices, y dices por esto empecé yo. Me ayuda mucho trabajar con ellos», apostilla.
Jacob y su pareja irán ahora a Inglaterra para pasar las vacaciones durante el mes de julio y volverán después a Zamora, la ciudad que el jugador ya considera su «hogar». Aquí empezará su sexta temporada en el club, una «rara avis» en un deporte en el que las relaciones entre clubes y jugadores no se alargan tanto en el tiempo. La voluntad de ambas partes es que se alargue más, aunque esto sea deporte profesional y las cosas no sean tan fáciles como pintan. De momento, el «idilio» sigue un año más y el jugador que levantó el primer título nacional de la historia del club seguirá paseando por las calles de Zamora, conociendo sus pueblos y tratando de encontrar su hueco en la ciudad. Una buena noticia para él, que lo celebra, y para la afición, que volverá a verle con el 4 a la espalda a partir del próximo otoño.

