Pasan pocos minutos de las diez de la mañana y aparece por la carretera un coche de Cozcurrita que llega cargado. De material y de gentes. Son los más madrugadores de vecinos de los muchos pueblos de Sayago que hoy han acudido, fieles, a Fariza para participar en la Romería de la Virgen del Castillo. La Romería de los Pendones, como se la conoce, que un año más pone el tranquilo pueblo sayagués de bote en bote honrando las tradiciones que han legado los abuelos.
Cualquier vecino de Fariza le cuenta la historia a quien la quiera escuchar. Lo hace en esta ocasión Julián, que espera en la zona a que aparezcan el resto de pueblos, primero Badilla, más tarde Argañín. «¿Tú sabes que Viriato era de Sayago?», pregunta, haciéndose eco de la leyenda popular. «Pues de ahí el nombre» de los pendones, razona el sayagués, que liga la denominación al general que luchó contra los romanos. Con el tiempo pasaron de ser un elemento bélico a identificativo, y así hasta ahora. «Creo que esta romería viene de la Edad Media», indica. Algunos la identifican ahí. Otros en el año de la fundación de la Cofradía de la Virgen del Castillo, en 1611. Tanto da.

El discurrir de los pendones por las calles de Fariza es un espectáculo digno de ver. Los vecinos de cada pueblo los cargan con notable esfuerzo y, aunque haga falta saberlos manejar, aquí no sirve lo de más vale maña que fuerza. Los pendones pesan, y cuando que hay bajarlos para pasar bajo los cables el esfuerzo es ímprobo. A mayores de los tres pueblos de antes, los vecinos de Fariza, con su pendón y con el alcalde a la cabeza, reciben en otros puntos del pueblo al resto de localidades participantes: Mámoles, Palazuelo, Tudera y Zafara. Antes acudían también de Portugal, asegura el vecino de antes, pero eso se acabó perdiendo.

Reunidos los pendones en la plaza y con la Virgen en la iglesia del pueblo la gente se reparte. A misa algunos y al aperitivo la mayoría, que es día de confraternizar con vecinos de otros pueblos y con muchos emigrados que retornan a la tierra al olor de las fiestas. Siempre son bienvenidos. Todos se sumergen en la historia y colaboran en la tradición para legarla después a los que vienen por detrás, que en Fariza son legión. Después, todos marcharán a la ermita. Chavales que miran y admiran los pendones y que, se lo dicen a sus padres, sueñan con un día cargarlos como hacen ahora los mayores. Todo se andará, les dicen los padres. «Mientras, puedes coger la cuerda conmigo y tirar». Y allá que van. Por eso se empieza.




