La afición del Zamora CF lleva 18 años regresando a Vallecas y 21 volviendo a Castellón. Son esas las viejas historias que se cuentan, las de las glorias perdidas por centímetros en 2008 y en 2005. Nunca tan cerca del fútbol profesional como en esas noches amargas. Carlos Ramos vivió como hincha aquellos casis, a punto de cumplir los once en el primero y los catorce en el segundo. Después, convertido en futbolista, voló lejos a formarse y retornó adulto a un club que era la sombra de lo que fue, desnortado y en Tercera. Había que tener mucha fe para pensar en regresar a la casilla donde estuvieron Aiert. Y Quero. Y Vilches. Y Senel. Y Sergio Lomba. Y Dani Giménez.
Pero después de mucha piedra picada ahí están ahora Fermín Sobrón. Y Luismi. Y Kike Márquez. Y Carlos Ramos Blanco, que se llevó los disgustos con los equipos de antaño en la edad que más duele y que este domingo ha marcado dos goles para arrastrar al Zamora Club de Fútbol hasta la final por el ascenso a Segunda División. A lo peor, ya habrá tres lugares a los que volver; ya habrá otra generación de aficionados con su batallita que contar. A lo mejor, en cambio, esta es la buena. Y ya no hay que tener pesadillas con el gol de Manu Busto en Castalia nunca más. Quedan dos semanas. Espera el Sabadell.

Como decíamos, Carlos marcó dos, sí, pero antes estuvo la gente. Incluso, durante la semana, como si el 2-0 no fuera una losa. Con las banderas en los balcones, las camisetas en los colegios y las entradas vendidas al vuelo. Luego, en el día del partido, con el rojiblanco invadiendo las calles, con los bares de Pinilla atestados, con un recibimiento de una hinchada que creía que lo que pasó podía suceder. El público fue tan convencido como el equipo y al Villarreal nadie le explicó lo que le venía encima.
Nunca supieron cómo meterle mano al encuentro los chicos de David Albelda, acogotados por el Zamora y penalizados por errores propios y ajenos. Se les vino el campo sobre la cabeza, se jugó a lo que quisieron Kike y Carlos y los rojiblancos embistieron hasta forzar el primer gol y la expulsión. Sin brillo, pero con la presa agarrada. Nunca se movió un filial que enseñó el colmillo en la ida y que fue dócil en la vuelta. Aún así, un segundo tiempo espeso de los hombres de Óscar Cano estuvo a punto de costarles el pase.
Ahí apareció Loren, listo para forzar el penalti. Y Carlos, certero para marcarlo. Luego, solo hubo que resistir media hora sin más apuro que el del marcador. Desde arriba, con la camiseta del diez, lo vio todo Dani Hernández, el capitán que trajo el barco hasta aquí. No lo vivirá como jugador, pero suya y de su generación es también esta historia de fútbol que se contará muchas veces a partir de ahora. El gol de Aiert en el Pizjuán para alcanzar Castalia; el de Senel en Linarejos para viajar a Vallecas: los de Carlos en el Ruta para tener otra oportunidad en la Nova Creu Alta. Allí estará el Zamora.








