Cuando escribo esta cifra pienso en lo rápido que se lee. Veintidós. Un número más en una estadística que dentro de unos días será sustituida por otra. Detrás de cada una de esas mujeres había una vida entera. Había una persona que reía de una forma concreta, que tenía planes, una canción favorita, alguien a quien llamar cuando estaba mal o una familia que hoy intenta comprender una ausencia imposible.
Hay realidades que parecen obligadas a demostrar constantemente que existen. La violencia de género es una de ellas. No importa cuántas víctimas se acumulen, cuántos años pasen o cuántos datos se publiquen. Siempre parece faltar una prueba más. Como si fuera una de las pocas realidades obligadas a demostrar constantemente que existe y como si más de dos décadas de registros oficiales siguieran siendo insuficientes para quienes continúan buscando una excepción capaz de cuestionar la dimensión del problema.
Y, sin embargo, reconocer la magnitud de una realidad no implica asumir que todas las respuestas estén funcionando. Más bien al contrario. Si veintidós mujeres han sido asesinadas en lo que llevamos de año, la pregunta no puede ser si la violencia de género existe, sino qué sigue fallando para que sigamos llegando tarde. Si los asesinatos siguen produciéndose, la discusión debería centrarse también en si los recursos están llegando a tiempo, si los sistemas de valoración del riesgo están funcionando, si existe suficiente coordinación entre instituciones o por qué no estamos siendo capaces de identificar determinadas conductas antes de que la violencia alcance su expresión más extrema.
Las cifras oficiales de violencia de género no recogen a todas las mujeres asesinadas por hombres. Recogen únicamente a aquellas que fueron asesinadas por sus parejas o exparejas. Desde 2003, 1.363 mujeres han sido asesinadas por violencia de género en España. 22 de ellas en lo que va de 2026. Pero esa cifra es sólo una parte de la historia: los feminicidios y asesinatos de mujeres ascienden ya a 42 y, además, 12 menores han sido asesinados en crímenes vicarios.
Las cifras cambian según la categoría que utilicemos. Las vidas perdidas no. Quizá uno de los problemas sea que sólo miramos la violencia cuando ya es imposible ignorarla. Porque detrás de cada una de esas mujeres hay también un hombre que tomó una decisión. Pero, antes de esa decisión, existe una cultura que sigue transmitiendo que ser rechazado supone perder algo que te pertenece, que una ruptura es una derrota personal y que la autonomía de una mujer puede percibirse como una amenaza en lugar de como un derecho.
Cuando llegamos al asesinato, la historia ya lleva demasiado tiempo escribiéndose. Lo que vemos es el desenlace, no todo lo que ocurrió antes. Hablamos del asesinato cuando ya se ha producido, de las cifras cuando ya han aumentado y de las consecuencias cuando ya son irreversibles, pero mucho menos de los comportamientos que preceden a todo eso.
Las leyes pueden debatirse. Los recursos pueden mejorarse. Las políticas públicas pueden revisarse. De hecho, deben hacerlo. Pero ninguna de esas discusiones debería servir para cuestionar la realidad que intentan combatir. Porque cuando una mujer pasa a formar parte de la estadística, ya no hay nada más que hacer. Ya solo queda contarla. Y aun así, siempre hace falta otra.
Autora: Ariadna Huerga, secretaria de Juventud, Mujer e Igualdad de CC OO en Zamora
