En la sala que hay que cruzar para llegar a la cocina donde trabajan Juana Rodríguez y Nieves Ríos todavía aparecen algunos carteles de las mesas electorales de marzo. Son pequeños restos del pasado en un lugar donde se vive solo en el presente. No queda otra. Ya en el interior de su espacio laboral principal, las dos mujeres contestan a lo que se les pregunta, pero no dejan de hacer cosas: coloca eso, limpia aquello, empaqueta lo otro, organiza lo siguiente, ¿están todas las bolsas? Está todo. Como siempre.
Hay ritmo en la cocina del comedor social de Sarracín de Aliste, uno de los casi cincuenta centros de estas características que hay en la provincia. El dato lo ofrece la Diputación, que aporta este año 800.000 euros para el funcionamiento de todos ellos. En estos lugares, las trabajadoras cocinan durante toda la semana para la gente que lo demanda. Generalmente, vecinos mayores o con problemas para hacer la comida. En el caso del servicio que se presta desde este pueblo son 60 los usuarios inscritos. Pero no solo de la localidad donde se desarrolla la actividad.

«Cuando lo tenemos ya todo envasado y personalizado para cada persona, empezamos a repartir con la furgoneta. Vamos a Cabañas de Aliste, a Ferreras de Arriba y a Otero de Bodas. Luego, venimos para acá, limpiamos la furgoneta, recogemos y vamos a Riofrío y a Abejera», repasa Juana, que tiene todo el proceso muy interiorizado. Cuando cuenta todo esto, la parte del envasado ya está lista. Pasan unos minutos de las doce de la mañana y pronto empezará el reparto. Pero para ellas la jornada ha arrancado mucho antes.
«Empezamos haciendo la comida a las ocho y media de la mañana», explica Nieves. Son 60 menús completos. Unos sin o otros con sal. También se tienen en cuenta los alérgenos, aunque en este caso no hay usuarios con ese tipo de limitaciones. Sea como fuere, cada bolsa lleva un nombre. Hay un punto clave de personalización. El servicio está lejos de deshumanizarse. En concreto, el viernes en el que se realiza este reportaje tocan lentejas y bacalao. También lechuga, «ya lavada», una naranja y una buena porción de pan.

Las mujeres que trabajan en el comedor entregan todo el paquete en un envase y recogen el del día anterior para «lavarlo, desinfectarlo» y tenerlo listo para la jornada siguiente. «Trabajamos con gente que se apaña, pero que no está para hacerse la comida que debería hacer. A lo mejor, si está sola en casa, coge una lata o un trozo de chorizo y no se molesta más», apunta Nieves, que lleva ya diez años en el puesto y sabe de lo que va el asunto. Su compañera, con el doble de experiencia, está en el comedor desde que abrió.
Las dos se coordinan para ir escogiendo los menús con un cierto criterio. Por ejemplo, poner un par de días de legumbres, otros dos de verduras y uno de arroz o pasta. Los sábados y los domingos descansan. También durante el mes de agosto, el menos dañino para los usuarios, que suelen compartir el tiempo aquí con las familias. El resto del año tiene poco cuartelillo para Juana y Nieves, que cocinan, friegan, conducen, reparten y vuelven sin echar el freno hasta que terminan más allá de las cuatro de la tarde.

Ahora, en este tiempo, trabajan con el hándicap del calor. El termómetro de la cocina marca más de treinta grados. Y eso que los fuegos ya llevan un rato apagados. Las dos constatan que les haría falta una instalación de aire acondicionado. Lo piden, pero no se paran mucho en la queja. La conversación en Sarracín ha durado diez minutos. Entretanto, lo han dejado todo listo para moverse a los pueblos. La que viaja ahora es Juana. Rumbo a Cabañas, Ferreras y Otero.
Antes de salir, la trabajadora del comedor cuenta que la tarifa para la gente del municipio es de tres euros por menú. Los de los otros ayuntamientos pagan en función de lo que se les marque. Entre cuatro y medio y seis euros, según la cocinera multifunción, que en ese momento cruza por uno de los pasos bajo la vía del tren en Cabañas antes de plantarse en casa de Dolores. La parada dura poco: una conversación breve para comprobar que todo está en orden, entrega de la comida y recogida del envase del día anterior. «Ale, venga, hasta el lunes».

La operación se repite en Ferreras. Juana baja de la furgoneta, abre la puerta, saca la comida, la entrega y se marcha: «Te doy también la de Angelita, ¿vale, Emilio?». Y a funcionar. «Tengo que tener mucho cuidado con los animales, porque por aquí salen muchos», señala la trabajadora, que habla de los ciervos, de los corzos, de los jabalíes y de toda la fauna que abunda por esta zona de la sierra, en el tránsito entre Aliste y La Carballeda, una de las castigadas por los incendios. Por lo menos, ahora la carretera es más transitable después de los últimos arreglos.
A Juana todavía le queda Otero. «¿Para qué corres? Tú sabes que si no te veo te lo dejo ahí colgado», reprende la mujer a un vecino que baja acelerado hacia la plaza a por la comida. Donde toca, la trabajadora de Sarracín va casa por casa. En Otero de Bodas, por ejemplo, casi todos los usuarios se juntan en un mismo lugar. «Traes una ayudanta», le apunta un hombre a Juana mientras ella reparte las bolsas. «No, es que vienen a hacer un reportaje», aclara la aludida. No hay ayudas. Son Nieves y ella a pulso. La sensación es que otras menos desenvueltas necesitarían más manos.

«A buscar el caldito»
De vuelta para Sarracín, Juana señala que, en Riofrío, hay un espacio común para comer el menú diario sin ir a casa, pero solo lo utilizan tres personas. «La gente quiere estar en su sitio», remarca la cocinera, que hace el camino de regreso antes de que Nieves cargue la furgoneta para iniciar el reparto en los pueblos que quedan. Al poner un pie en el pueblo, Juana se encuentra con su madre, que también es usuaria del servicio y acaba de ir a por la comida al centro. Como María Gallego y Benilde Morán.
Estas dos últimas mujeres ríen al indicar que vienen «a buscar el caldito». «Está buena la comida y cada día es una cosa diferente», asegura María, la más habladora. La mujer cuenta cosas de la vida, de las penas y de «lo que calienta» en este final de mayo. Pero venimos a lo que venimos: «Las crestas aquí están riquísimas», zanja la vecina de Sarracín. Las cocineras ya no lo escuchan porque tienen jera que atender. Que pare quien pueda.

