
Una jueza condena a El Jueves a pagar una multa y publicar la sentencia por nombrar «gilipollas del año» a la presidenta de Abogados Cristianos y ahora nos queda la intriga de saber cómo obedecerá el fallo de la sentencia la revista en su próximo numero, si de forma seria o siendo fieles a su línea satírica. Media España está expectante por esta cuestión, deseando descubrir cómo una publicación dedicada al humor ácido y crítico con el poder sigue los preceptos de la censura o se burla de ella.
La verdad es que ya tiene delito que alguien se ofenda hoy por hoy porque le den un título, sobre todo si es merecido, y no lo digo por los Abogados Cristianos que seguramente siguen preceptos del honor muy rígidos y apostólicos y por esta causa es lógico que se ofendan, sino porque los títulos, en general, no son algo serio, y esto deberíamos tenerlo aprendido desde la escuela, cuando por cualquier cosa nos daban un diploma, hasta por asistir a una obra de teatro infantil de esas que te hablan como si fueras gilipollas, y esto es un dato contrastado, no una opinión subjetiva.
A estas alturas deberíamos saber también que cualquier honra a la persona no deja de ser un acto narcisista y empobrecedor del espíritu de la colmena. Pero claro, después de tener la transición tan individualista y desmemoriada que tuvimos, con infinidad de títulos heredados como el de rey de España, además de buena parte de la magistratura y el empresariado más favorecido por otros tantos títulos adquiridos a la sombra de otros, es normal que creamos que un nombramiento en un cuadro con marco dorado sirve para tener influencias onerosas, y ahora que nadie señale a nadie, pues ex alto cargo que esté a salvo que tire la primera piedra.
Estoy deseando que saquen la próxima portada de El Jueves en este país de traca donde, con nariz de payaso, llamar gilipollas a alguien es tomado como un ataque al honor, pero vender armas a un estado genocida, desmantelar la seguridad social, destruir el paisaje rural, amenazar espacios protegidos, dejar morir a inmigrantes en el Mediterráneo, explotar a ciudadanos sin papeles, dejar sin posibilidades de vivienda a millones de jóvenes o no tomarse en serio los asesinatos de mujeres son constantes normalizadas del estado de derecho.
Pobres salvadores de España, capaces de un levantamiento como en tiempos de la República, no merecéis títulos que no hagan justicia a vuestras buenas intenciones. Y aquí no vale decir las cosas «de bromas» ni argumentar que el arte es ficción porque hasta los títeres pueden ser condenados por practicar el escarnio, y no digamos ya sus manipuladores.
Es un síntoma nefasto para las personas cuando no asimilan ni las críticas ni los honores humorísticos. Perder la capacidad para reírse de uno mismo equivale a envejecer rápido. Si a mí me llamaran gilipollas, así, en público, en un contexto semejante, soltaría un par de carcajadas bastante limpias porque me haría gracia que me identificaran con ese adjetivo, y desde luego de ningún modo montaría un numerito, simplemente escribiría a la revista para agradecerles el detalle y decirles con modestia que aun siendo gilipollas no es un premio merecido. Pero claro, yo no soy nadie, así que es difícil que me den un título por nada. Tal vez sea ese el problema: que para que te reconozcan antes tienen que conocerte.
Vivimos tiempos difíciles para la cultura y para la libre expresión del pensamiento. Le llaman libertad de expresión a que los bulos, los ataques personales, los insultos o las difamaciones circulen libremente por las redes, y de esto sabemos bastante los ecologistas, pero cuidado si de bromas dices algo de alguien con un título, o te atreves a darle otro título que no le corresponde.
Son tiempos de censura implícita y explícita: implícita porque la crítica solo puede hacerse con la complicidad de cualquiera de los cuatro poderes, si no quieres que te denuncien o te desfavorezcan, y explícita porque van quedando pocos medios de comunicación realmente libres de las manos de los de siempre, es decir, de los que ya gobernaban por título propio, y si no que se lo digan a quienes quieren despedir por no sujetar bien la lengua cuando es debido en respetables periódicos o cadenas de radio independientes.
Dentro de este nuevo paradigma, no me extraña nada que comience a reinar la autocensura, que es una forma hermosa de hacer periodismo interior, sin tener que analizar los acontecimientos que han disparado la demencia planetaria hasta tal límite que hacen de El grito de Munch una nana para imbéciles.
Sí, es tan aterradora la gilipollez generalizada, empezando por la gilipollez que impone toda esa tropa que quiere que adoremos la inteligencia artificial para aleccionarnos en las opiniones respetables, que resulta infantil que alguien se ofenda por esta palabra.
Somos un planeta de gilipollas adiestrados por la nueva normativa de los algoritmos y nuestro comportamiento es tan predecible que hasta podrían convertirnos en esclavos, cotizaríamos en bolsa y no caeríamos en la cuenta en modo alguno. Aunque, a decir verdad, también quienes nos salimos premeditadamente de la norma que nos agilipolla somos considerados gilipollas idealistas vividores del cuento. En fin, que nadie se salva de la gilipollez en este mundo, ni los gilipollas natos ni los que mandan sobre los gilipollas ni los que siguen los mandatos gilipollas ni los desobedientes reacios a serlo.
Gilipollas todas y todos, lo único que está a salvo es el humor y las cuatro risas que podamos echarnos. Eso no nos lo vamos a llevar al otro mundo, pero tampoco el resto de cosas, ni siquiera los títulos.
