
«El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión». Con esta frase tan certera, Juan José Campanella y Eduardo Sacheri retrataron, en la inolvidable película El secreto de sus ojos, a cualquier hincha entregado a un equipo de fútbol.
En octubre de 2023, y tras un nuevo desastre, no recuerdo si en Ponferrada o en Irún, el Deportivo de la Coruña se encontraba arrastrando el escudo por los campos españoles de la tercera categoría. Me harté, guardé el móvil en el que acababa de contemplar un nuevo descalabro de mi equipo y me prometí que aquella era la última vez que lo veía. ¿Quién me mandaba a mí llevarme tantos malos ratos y cambios de humor casi siempre a peor? A partir de ese día, si el Dépor quería ganar, pues que ganase; y si volvía a perder, pues muy bien también. Yo iba a pasar. A quitarme del Dépor como quien se quita del tabaco o de cosas peores.
El experimento me duró un par de semanas. Lo que tardé en engañarme mientras me decía que podía mirar solo el resultado del fin de semana. O mirar también la clasificación. O entrar a ojear las últimas noticias. En menos de tres semanas ya estaba de nuevo pegado a la pantalla y al borde del infarto por culpa del puto Dépor.
Hace un par de días, y tras años de amagos cardiacos por culpa de balones que no entran o que entran donde no deben, celebré con mi familia en A Coruña el ascenso del equipo de mi vida a la primera división. Recordé, mientras me abrazaba a mis hijas, los días de querer tirar el móvil por la ventana y sonreí. Pensé que debía escribir algo, pero ¿cómo meter a mi Dépor en un artículo para un medio de Zamora? Pues pensando en quienes comparten pasión, pero con otros colores.
Me acordé de mi viejo, socio del Zamora desde hace incontables años y que todos los fines de semana cuando quedamos para comer me cuenta cómo va el equipo, lo que el entrenador debería hacer en su opinión y cómo de ajustado está el grupo por arriba y por abajo. Me lo cuenta sin saber que yo ya sé todas esas cosas. Porque durante la semana, mi amigo Manuel, otro hincha rojiblanco de pro, ya me ha informado con detalle de todo lo relacionado con el equipo de mi ciudad mientras nos tomamos nuestro café semanal para ponernos al día de la vida en general, aunque siempre acabemos hablando del Dépor y del Zamora.
Por eso este artículo solo es una excusa para desear suerte al Zamora Club de Fútbol en el play off que se avecina. Suerte también para la propia ciudad, que ya merece ver a su equipo de fútbol en una categoría profesional, un salto deportivo que dará impulso económico y visibilidad social a la bien cercada, algo que nunca está de más a orillas del Duero. Pero, sobre todo, desearle suerte a esos hinchas incondicionales, los que están en el Ruta cada fin de semana (como mi viejo o mi amigo Manuel), aquellos que, pase lo que pase durante el próximo mes, no van a poder cambiar de pasión ni ahora ni nunca.
