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Zamora

Gregorio G. Olmos: «Para situar al lector en una determinada época, tienes que utilizar el lenguaje de entonces»

El autor afincado en Zamora, reciente finalista del Premio Felipe Trigo de literatura, presenta este miércoles su novela El hospital de la piedra en la biblioteca pública

por Manuel Herrera 25/05/2026
Manuel Herrera 25/05/2026
Gregorio G. Olmos, tras la entrevista. Foto Paloma V. Escarpa.
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Gregorio G. Olmos (Cuéllar, Segovia; 1967) tiene dos novelas escritas. La primera, Yucé El Sefardí, ganó el Premio Felipe Trigo de literatura, creado por el Ayuntamiento de Villanueva de la Serena. Fue en 2014. La segunda, El hospital de la piedra, publicada recientemente, ha resultado finalista del mismo certamen. La capacidad descriptiva y el rigor histórico envuelven una historia que se desarrolla en el Toledo de la segunda mitad del siglo XV. La vida del autor, en cambio, se asienta en Zamora desde hace ya veinte años. El escritor presentará su nueva novela en la biblioteca pública de la ciudad el miércoles 27 de mayo a las 19.00 horas, con la compañía de la concejala de Cultura, María Eugenia Cabezas, y del periodista José María Sadia.

– Esta es su segunda novela. Las dos están enmarcadas en un mismo pasado y le han exigido, como ha dicho en alguna ocasión, una intensa labor de documentación. ¿Qué le lleva a escribir de lo que escribe?

– Uno de los motivos principales por los que escribo este tipo de novela es que, durante un tiempo, estuve leyendo narrativa histórica y veía auténticas aberraciones. Yo decía: madre mía, ¿pero cómo pueden escribir esto? Hablo de gente teóricamente preparada. Para mí, la documentación es básica a la hora de transmitir las cosas. Yo no digo que tenga la virtud de contar las cosas tal y como sucedieron, pero lo que sí hago es documentarme, tomar varios puntos de vista y llegar a un centro para intentar transmitir. Decía don José Jiménez Lozano que la historia es res nostra y nos concierne, y el interés por escribir sobre la edad medieval, en este caso la Baja Edad Media, es precisamente por eso, porque he llegado a leer cosas que dije: esto hay que corregirlo de alguna manera. Al final, existe casi un interés de instruir, aunque yo no soy maestro ni doctor en historia, pero sí trato de transmitir las cosas tal y como yo las entiendo.

– Eso incluye el léxico de la época. Para preparar la entrevista, he tenido que consultar algunas palabras en el diccionario…

– Y yo para escribir…

– ¿Es una manera de acercar al lector a la época?

– Sí. Para situar al lector en una determinada época, tienes que intentar utilizar la misma terminología que se utilizaba. Si tú escribes sobre el siglo XIX, tienes que utilizar los términos que entonces se utilizaban. También hay ejemplos de nuestra época. En la presentación de Villanueva de la Serena hablábamos de una mujer que decía «almóndiga». Y está bien dicho porque es una palabra del árabe clásico. En el libro, uso palabras que ya están en desuso, pero que se encontraban en los registros y en las crónicas de ese tiempo con harta frecuencia. He intentado que parezcan naturales, que no estén forzadas, sino que parezca que forman parte de un contexto verdadero y real del lenguaje que en su momento utilizaba esa gente.

El escritor, con la novela en sus manos. Foto Paloma V. Escarpa.

– ¿Es una forma de construir el mundo del libro?

– Absolutamente. Es que tienes que hacerlo así. Creo que nosotros mismos nos hemos olvidado de nuestro lenguaje. Yo no digo que haya que hablar como la Edad Media, pero una cosa es una cosa y otra es escuchar auténticas barbaridades de la gente. O sea, es una auténtica locura. Hay que esforzarse por mantener el lenguaje y la cultura.

– ¿Por qué Toledo?

– ¿Por qué no Zamora?

– O cualquier otra importante de la época. ¿Por qué es Toledo y no Valladolid?

– Pues mira, todo lo que acontecía en Toledo en aquella época ocurría después en el resto de Castilla. Era un poquito el epicentro. De hecho, se cuenta en el libro que, nada más llegar al trono, Isabel La Católica se presentó allí porque sabía que, en el pasado, esa gente había ido contra sus propios reyes. Con eso, elijo Toledo por la documentación que existe y por el momento histórico en el que se produce la novela.

– ¿Es más fácil reconstruir el Toledo de la época que otro lugar?

– Desde luego, la documentación es más abundante. Si tuviéramos que hablar de un tema estrictamente teológico o de sínodos, podría haber elegido perfectamente Zamora, que tenía mucha importancia desde ese punto de vista. Lo que pasa es que la temática del libro son los conversos.

– ¿Por qué eligió a unos niños y a unos adolescentes para contar la historia?

– A mí los niños expósitos siempre me han conmovido porque han estado desprotegidos frente a todo tipo de abusos. Siempre han sido las víctimas, en cualquier momento social. Y ya no hablo de abusos solo en el sentido que conocemos hoy, sino de niños explotados laboralmente o a los que se les provocaban deformaciones para llevarlos a las ferias y mostrarlos como monstruos. El hilo conductor de los niños resulta conmovedor, porque no hay nadie que les cuide.

El escritor abre su novela para la instantánea. Foto Paloma V. Escarpa.

– La única protección que reciben en la novela les viene de la Iglesia, aunque el libro se esfuerza en mostrar las distintas caras: la del responsable del hospital que se desvive por ellos, la de la élite que se desentiende y la de la Inquisición, que castiga.

– Cuando tú analizas a una corporación o a un grupo, ni todos son buenos ni todos son malos. Y esto vale para cualquier época de la historia. En esta en concreto, hay canónigos que son gente muy eficiente, que se dedican verdaderamente a ayudar a la gente. Un canónigo no es un cura, sino alguien que forma parte de un cabildo catedralicio y tiene mucho poder, mucho más poder del que os podáis imaginar. Ahora no es lo mismo, pero en esta época un canónigo tenía mucha fuerza. Entonces, de la bondad o la maldad de un canónigo dependen mucho las rentas que tiene un lugar como el hospital del libro. Por eso, me ha interesado mucho construir que había parte buena, que había parte menos buena y que había una parte verdaderamente amable de gente que realmente se preocupaba por todos esos pobrecillos niños, que es un poco el antecedente del final y del remate del libro.

– Otro foco del libro está en los conversos. Al final, esta es una novela histórica, pero no se puede dejar de mirar con los ojos de hoy y asociarlo con el sufrimiento de algunas minorías que padecen por culpa de la mayoría.

– Esto es así y es un tema muy delicado. Yo nací en Segovia, pero estudié en Valladolid y llevo veinte años aquí en Zamora. Me han acogido y tú no eres de donde naces, sino de donde paces. Pero si ahora me da por ir a Cataluña, no sé el idioma y eso está mal visto, ¿qué es lo que hago? Me convierto. ¿Y qué más? Soy más radical que ellos para que me acojan. En realidad, estoy renunciando a mi pasado como los conversos, que son judíos que han renunciado a su pasado para adaptarse. Los judíos odiaban a quienes lo hacían por voluntad propia, pero había otros que se convertían para poder comer. Ni tenían ni idea de la religión ni se sentían cristianos, pero lo hacían. El tema de los conversos es recurrente en la historia y no se va a acabar nunca.

– En el caso de los conversos del libro, también tienen problemas después de dar ese paso que se les exige.

– Absolutamente. Los judíos entonces cocinaban el viernes, y el sábado calentaban la comida. Pero tenían que pedirle esto último al cristiano, porque el sábado no podían ni hacer fuego. Por entonces, había tanta maldad que la gente se subía a los campanarios a ver si había fuego o no en la casa de un converso para saber si seguía siendo judío. Contaba don José Jiménez Lozano, con mucha gracia, que había judíos que tenían colgado un chorizo en la ventana de la casa y que, si pasaba algún cristiano receloso, cogían el chorizo y lo echaban a la olla para que no sospechasen de él.

– Otra cosa que se cocina un poco en el libro, casi desde el inicio, es esa especie de sentimiento que genera para que el lector desee la venganza.

– Yo soy muy dickensiano en el sentido de que me gusta hacer sufrir al lector. Yo también sufro cuando escribo. Y a veces me emociono con lo que tuvieron que padecer algunos de esos personajes. Lo que pasa es que luego me gusta dar un alivio.

– Hábleme un poco de usted. Una cosa es pensar que va a escribir porque las novelas históricas que ha leído tienen poco rigor y otra cosa ponerse a hacerlo.

– Yo tenía un trabajo muy distinto a este, pero un día me cansé y me puse a escribir una historia. Se la pasé a un amigo y me dijo: oye, tú escribes bien. Luego, fui de viaje a Alemania y, una mañana, le dije a mi mujer: creo que me voy a dedicar a esto. Me lo podía permitir y lo hice. También conocí a don José Jiménez Lozano y él despertó mucho en mí la pasión de escribir. Pero no existe un nexo anterior. No he estudiado nada relacionado. Sí hice Derecho y, en las asignaturas de historia, me dio por investigar. Pero esto ha sido todo porque me puedo permitir el lujo de escribir. Además, tengo dos novelas y las dos han sido premiadas. Soy un privilegiado.

– ¿Por qué ha pasado tanto tiempo entre la publicación de la primera novela y la siguiente?

– Esta novela la inicié casi terminando la otra, pero han influido varias cosas. Una, que soy muy vago. Pero también cuando falleció don José Jiménez Lozano, justo cuando empezó la pandemia, sentí un vacío muy grande. Lo que ocurre es que luego mi mujer me dijo: eres un gran escritor. Tienes que seguir, no puedes pararte. Y aquí estamos. Esto lo planteé como una trilogía y queda la última parte.

Manuel Herrera

Periodista y politólogo. Máster en Comunicación y Visualización de Datos.

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