
Que me perdone el sector gastronómico por encabezar este artículo con semejante titular. En especial, que me perdonen las familias Lera y Arrea, ya que son la razón de que me haya puesto a escribir, espoleado por el inolvidable encuentro del pasado 18 de mayo, en el que un menú a cuatro manos se sirvió con un ingrediente añadido: la idea de reunir a grandes cocineros y, en las mismas mesas, invitar a personas involucradas en la defensa del territorio rural, entre las que tuve la suerte de encontrarme.
Se trataba de hablar entre todos -y entre magníficos platos- de la amenaza que se cierne sobre los restaurantes «de territorio»: los que han apostado por permanecer en entornos alejados del resplandor capitalino, convirtiendo sus negocios en tractores de la economía local, creando redes de colaboración con productores cercanos, extendiendo su influencia a otros sectores para crear destinos de alto valor, fijar población y, lo mejor de todo, conseguir todo esto a base de hacer feliz a la gente.
Ese posicionamiento vinculado a la vida rural en espacios naturales, junto al propósito de repartir felicidad global desde lo local, choca ahora con otra visión del mundo conceptualmente antagónica, inevitablemente incompatible y, lamentablemente, muy difícil de frenar, como expresa la magistral ilustración creada por Kaikoo para comunicar el evento.
La amenaza de la que hablamos es el actual modelo de transición energética, representado por macroproyectos de generación eléctrica y gasística, que responden a un infame plan de ocupación, extracción y demolición de recursos endógenos del campo y la montaña, como son los bosques, los pastos, las zonas de cultivo, los espacios llenos de biodiversidad, los paisajes visuales, sonoros y olfativos… en definitiva, un plan diseñado para ganar dinero a toda costa, causando daños irreversibles en ecosistemas completos (de los que también forma parte la especie humana), con la excusa de salvar el medio ambiente y la vida en el planeta.
Nada más empezar la conversación se hizo evidente la preocupación de los cocineros por el futuro de sus experiencias culinarias, si el territorio en el que las ofrecen acaba transformado en un polígono industrial, incoherente con los valores naturales, culturales, históricos y arquitectónicos característicos del entorno.
Esta invasión industrial, que comenzó con campos sepultados bajo miles de placas fotovoltaicas y cientos de aerogeneradores clavados en las montañas, se está completando últimamente con las presuntamente inocuas procesadoras de purines, lodos de depuradoras, desperdicios de mataderos y cualquier tipo de ponzoña aprovechable para producir biogás; una nueva y pestilente tecnología, vendida como solución mágica al exceso de estiercol acumulado en las macrogranjas, pero que convierte las poblaciones cercanas en zonas inhabitables, con olores nauseabundos, emisiones de gases nocivos, tránsito diario y durante décadas de camiones cargados de inmundicias putrefactas y, como subproducto para rematar la jugada, un caldo cargado de nitratos, metales pesados, antibióticos, plásticos y químicos de demostrada toxicidad, que se vende como fertilizante y se esparce por las tierras de labor en los alrededores del pueblo, incorporándose cosecha tras cosecha en la cadena alimentaria.
Con esa receta, es fácil entender la preocupación de los emprendedores al frente de prestigiosos fogones, pero también de los resistentes pobladores rurales, que ven cómo sus vidas pueden verse gravemente afectadas, hasta el punto de tener que buscarse una nueva en otro lugar.
Una vez explicado el panorama, quizá el titular del artículo se entienda mejor, ya que las plagas de moscones también acompañan este delirio «ecológico», renovable y sostenible del biogás. Y si ahora la imagen de una mosca en la sopa se queda corta, volveré a pedir perdón por recurrir a otra más descriptiva y certera, como es la llegada de un vecino nuevo, que viene a enriquecerse mientras se caga en tu pan, con apoyo institucional, subvencionado con fondos europeos y asistido por el derecho de expropiación, al tratarse de inversiones consideradas de interés público superior.
Personalmente, me parece mucho más interesante que sigan abiertos al público tantos y tantos restaurantes en los que trabaja bastante gente, que atraen a mucha más gente y que, en lugar de pensar tanto en el dinero, dan sentido a su existencia sirviendo felicidad.
Siempre se ha dicho que con lo de comer no se juega. Y ahora hay moscardas muy feas rondándonos la sopa y el pan. Con suerte, la sociedad y sus representantes públicos se darán cuenta a tiempo del error histórico que se comete, cuando se cede a los cantos de sirena de los que prometen dinero y progreso, sin ver el género que venden en realidad. Si se les deja poner un pie en la puerta, acabarán metiéndose hasta la cocina. Y no será para cocinar.
A todos los que os sentasteis a las mesas de Lera, compartiendo las mil sensaciones de las cuatro manos de Luis y Edorta, que en realidad eran muchas más, gracias por estar, hablar, escuchar y abrazar el mundo en el que vivimos, en representación de muchos otros: Pedro Aguilera (Sabor Andaluz), Pilar Arjona (Villa Xaraiz), Aitor Arregui (Elkano), Adrián Asensio (Cuzeo), Miguel Carretero (Santerra), Roberto Fuertes (El Bar), Chus Manzano (Casa Marcial), Luis Martins (Baraço), Anai Meléndez (Caín), Dani Ochoa (Montia), Javi Olleros (Culler de Pau), Óscar Pérez (El Ermitaño), Nacho Solana (Solana), Huertas La Mielga, revista La Perdiz Roja, La Culebra no se calla, SOS Montes Torozos, Ecoturismo en Palencia y asociaciones pertenecientes a Zamora en pie.
