A media mañana del sábado, las inmediaciones del mercado provisional son un continuo ir y venir de gente que entra al recinto de la Marina con las manos vacías y sale cargada con bolsas para aguantar el fin de semana y un poco más. Hay jaleo de sobra en los puestos, pero fuera se han juntado unos 80 individuos para llamar aún más la atención. Por si alguien se había olvidado de que ahí es donde se compra.
La gente que se acumula a las puertas lleva abrigo de invierno, se mueve constantemente, porta un instrumento como complemento extra y, en el caso de gente como Álvaro Escudero y Horacio Peláez, suma una boina y una barba para soportar mejor el frío. Estos dos tipos salen un momento del corro y del estruendo de la música que suena para hablar de lo que pasa; para responder a una pregunta que se hacen unos cuantos zamoranos despistados. ¿Por qué hay tantas gaitas?

Sobre todo hay gaitas, efectivamente, pero también algunos instrumentos más. A ratos, de hecho, la juntada a la vera del mercado parece una batucada. La idea es animar, compartir cultura, establecer lazos y mantener las tradiciones. Todo eso cabe en Abrigaíta, el festival que celebra su segunda edición en la ciudad, que trae a varios colectivos de fuera y que ha venido de la mano de la creación de un nuevo grupo en Zamora: Roncones y Sonajas.
Ese es el colectivo al que pertenecen Álvaro y Horacio, que cuentan un poco de historia antes de volver al meollo: «Somos un grupo muy reciente. De hecho, la fundación como tal es de este año», apunta el primero, antes de aclarar que todos vienen de la escuela del Consorcio de Fomento Musical. Ahí se pusieron cara con la gaita al hombro y, a partir de entonces, empezaron a tocar juntos. El tema es que la pasión se fue haciendo grande y el cuerpo les pidió más.
Primero, les sucedió a «cuatro o cinco», que dieron los primeros pasos para montar Abrigaíta. Luego, se sumaron bastantes más. Hasta 36. El primer bolo fue en Madrid. De ahí a Villaviciosa. Y ya no pararon. «Tenemos gaitas y percusión», resalta de nuevo Álvaro, que explica que el colectivo nace y crece sin ambiciones grandilocuentes: «Ojalá pudiéramos vivir de tocarnos la gaita, pero solo pretendemos disfrutar de esto y que la gente disfrute», ríe el miembro del grupo.

¿Y por qué Roncones y Sonajas? Fácil. El roncón es una parte de la gaita y las sonajas, los metales que suenan de la pandereta. Todo simple, pero no superficial. Hay conocimiento detrás. Y amor por el instrumento, por la gaita en particular: «En Zamora ha existido toda la vida, sobre todo en la zona de Sanabria, pero corrió el riesgo de perderse porque hubo un momento en el que parecía que todo lo antiguo era malo», advierte Horacio.
No pasó. «La gente del consorcio hizo un trabajo muy bueno», sostiene el miembro del grupo, que recuerda que la gaita zamorana es especial, «mucho más potente», y que ha tendido a tocarse individualmente en los pueblos del noroeste en los que la fiesta no era fiesta sin su aportación. «Nosotros tocamos como banda. Hay detractores y gente a la que le gusta, pero lo importante es que llama la atención y se promociona el instrumento», defiende Horacio.
Roncones y Sonajas también lleva indumentaria típica, en una mezcla comarcal en la que cada cual representa lo suyo. Con eso vale para disfrutar de esta aventura. Y si alguien quiere sumarse… ¿Es muy difícil tocar la gaita? «Si la hemos tocado tú y yo…», desliza Álvaro mirando a Horacio. Que cada cual lo interprete como quiera. Ellos vuelven a tocar a la puerta del mercado y luego al pasacalles. También guardan fuerzas. Queda el domingo en los barrios.

